Georgia, la libación con los dioses.
Para Tsismari Rusadze y Tamta Parulava.
Alfred G. Kavanagh
Escritor y especialista en Farsi.
Debe de haber miles de maletas todavía circulando por ahí, pensé, contemplando los equipajes que circulaban insomnes en las cintas transportadoras del aeropuerto de Munich, aparentemente sin dueño, desafiando todas las previsiones de los sistemas logísticos avanzados, integrados y operando en tiempo real que anunciaban los paneles luminosos de la terminal. Maletas de Herodoto, Estrabón, Ibne Battuta, Marco Polo, Tavernier, Malraux y de cientos de viajeros, ilustres o no, que se habían quedado en algún recodo del camino, propiciando así otros viajes. A las cuatro y media de la madrugada hora local llegamos a Tbilisi, la ciudad cálida, “tbili” en la lengua georgiana, fundada en una tarde de cacería cuando en el siglo V, el halcón del monarca Gorgasali atrapó un faisán que cayó directamente sobre un manantial de agua caliente. Al acercarse para recobrar su trofeo, se encontró con la pieza ya cocinada y lista para servir.
Mi destino final era Irán, pero en esta ocasión decidí emular en parte el viaje del hugonote John Chardin, cruzar la República de Georgia, atravesar Azerbaiyán y acceder a la antigua Persia por la frontera de Astana.
La mayoría de los pasajeros del avión eran georgianos; nada más despegar, comenzaron las libaciones. Al otro lado del pasillo, un inmenso georgiano le explicaba a la azafata que sus dos compañeros de fila, viejos camaradas, ahora acurrucados y sumidos en un sueño profundo, pronto despertarían con un apetito y sed descomunales. Con sumo cuidado colocaba las bandejas y vasos de vino de sus amigos en las respectivas bandejas. Detectó mi curiosidad, intercambiamos algunas palabras en alemán e inglés, y luego me dijo muy fijamente, sakartvelo gvinisa da puris samshobloa, georgia es la tierra del pan y del vino. “Gvino” en la lengua georgiana, posiblemente sea el origen del término vino, wine, wein, vin, vinho, que encontramos en las lenguas indoeuropeas. Ya en la época de la dominación asiria, los caldos georgianos eran tan cotizados, que únicamente este pueblo gozaba del derecho de pagar el tributo en odres de vino.
En el improvisado ágape a ocho mil metros de altura en la fila 22 comprobé como al igual que miles de años atrás, el acto de beber vino en Georgia cobra un carácter sagrado. Abrazados, sorteando los parpadeantes letreros luminosos y las advertencias de la tripulación, alguno de los presentes, antes de cada trago, pronunciaba un brindis. Cerré los ojos y disfruté de la explosión sonora de la lengua georgiana. Aunque presenta afinidades con las lenguas indoeuropeas y semíticas, no pertenece a ninguno de estos grupos, prácticamente la única viva de las antiguas lenguas caucásicas jaféticas, una lengua basáltica, aglutinante, resistente a las invasiones de vocablos persas, griegos, árabes, turcos, armenios, vinieron, se fueron, pero la lengua georgiana hoy día es prácticamente la misma a la empleada por el bardo nacional, Shota Rusthaveli, cuando ya en el siglo XII compuso la gesta conocida como el Caballero de la Piel de Pantera. Sus héroes viajan a tierras lejanas, cruzan desiertos, se enamoran en las cortes arábigas o persas, pero el trasfondo de la obra es un canto al espíritu indómito, vitalista, profundamente arraigado a la tierra de los georgianos.
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Posiblemente las maletas no lleguen, me anticipó mi amigo georgiano al aterrizar. En unas horas, le dije, tengo una boda. Hay tiempo, mucho tiempo, y apuró de un trago la última copa de la bandeja contigua. Al aterrizar comprobé que “los viejos camaradas” de mi georgiano eran un matrimonio italiano que quedo totalmente perplejo al contemplar la torre de vasos de plastico vacíos en su bandeja. Les regaló un abrazo de oso, ahora ya somos amigos, me dijo, si no, para qué sirve viajar.
Las maletas no llegaron. Disponía de menos de cuatro horas para poder encontrar un traje. Es una experiencia singular caminar rodeado de los signos adustos del alfabeto mkhedruli georgiano, hieráticos, indescifrables, abrir puertas traslucidas para descubir que las sastrerías se habían convertido en concesionarios de móviles de última generación. Cuentan que el alfabeto georgiano fue introducido en el siglo IV a. J.C. por el soberano Farnavazi, posiblemente importando los caracteres del alfabeto zend de la época aquémenida. En los primeros manuscritos redactados en lengua georgiana del siglo VI d. J.C., aparece ya plenamente desarrollado. Georgia fue uno de los primeros estados en convertirse al cristianismo, en el 337AD y los padres de la iglesia constataron que la sobriedad de los caracteres georgianos se adaptaba perfectamente al rigor de la liturgia.
El éxito de una liturgia reside en su interiorización, en los gestos cotidianos que siguen prolongando el tiempo sagrado. El taxista que nos llevó a la iglesia no dudo en persignarse tres veces al pasar por cada iglesia en el camino, al tiempo que mantenía una discusión acalorada por el móvil y giraba el dial de la emisora de radio. No hay semáforos en Tbilisi, los vehículos avanzan, retroceden, giran, se gritan, oímos un torrente de imprecaciones, los pasajeros intervienen como mediadores, y la circulación sigue. Tampoco hay colas. En Georgia una cola es un conjunto de individuos que se dirigen al mostrador principal a velocidades variables, independientemente del número de personas que puedan haber llegado antes. Georgia ya es Asia, en las miradas, en los gestos, en su oralidad.
La visión europea de Asia plasmada en la construcción de un saber denominado orientalismo es, por el contrario, textual. Siempre hay una distancia en el texto, la del lector silencioso que coteja, medita y ejerce la crítica. Pero el mundo oriental es agónico, el georgiano disfruta del sabor de las palabras, el tamada de cualquier ceremonia dirige rigurosamente el turno de las libaciones, pronuncia discursos en honor de los presentes, evoca a los que ya se han ido y brinda siempre por la vida, y al hacerlo, elige cuidadosamente las versos de Rushtaveli, Chavchavadze, Tsereteli, y de tantos otros, porque cree en el poder taumatúrgico de las palabras. Los dioses no se han ido, hay grietas en las naves de los Argonautas, piedras volteadas en los viejos baluartes de la cristiandad de Mtskheta, ruinas en los santuarios de los cultos frigios a la gran Diosa Madre, Astarté, Nana, Anahita, dinteles que fueron losas regias, palimpsestos mil veces reescritos, encofrados solitarios de la época soviética, pero en las tierras doradas georgianas no hay una sola fisura.
Tal vez el progreso sea una lengua en la que las madres se equiparan al sol, tal vez la única, en que el término mama designe al padre. Aunque la sociedad georgiana es sus orígenes es patriarcal, configurada como un conjunto de mamasakhlisis (padres del hogar), pervive un linaje solar en forma de matriarcado avalado por el culto a las diosas Itrujani (Astarté), Ainina y Anahit. Un linaje de mujeres firmes y resueltas que proporcionaron estabilidad a multitud de tribús nómadas que descollaron en la cria de caballos y en sus incursiones de pillaje.
Unos días más tarde en la Biblioteca Nacional de Tbilisi, leía algunas páginas de los diarios de viaje del joyero John Chardin, y en un capítulo dedicado a las costumbres georgianas, narra que la mujer circasiana es la más hermosa y codiciada por los turcos y los persas, de talle fino, andar grácil, facciones altaneras, piel clara, sensual y de gentil disposición, un siglo más tarde otro viajero confirmaba que hasta el Shah de Persia tiene una madre georgiana y fruto de las migraciones (casi siempre forzadas) de los georgianos, comentaba este viajero, la complexión de la mujer persa se ha aclarado, su piel nacarada y su esbeltez son objeto de los poemas más delicados en todas las cortes musulmanas. Los viajeros que arribamos a Georgia, paseamos por sus calles y en algún rincón del viejo Tbilisi mientras disfrutamos de una taza de café turco, sabemos que Medea nunca abandonó su amada tierra.
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Los fastos nupciales duraron dos días, mi compatriota William Blake escribió que el camino de los excesos conduce al palacio de la sabiduría; pertrechado de ese nuevo saber mis amigos me propusieron un viaje a Batumi, cerca de la frontera turca, cruzamos espléndidos valles fértiles, las regiones de Imereti, Guria, tierras de vinos macerados en cubas de barro subterráneas, qvevri, que se sellan durante tres o cuatro meses, generando unos vinos ricos ricos en taninos. En esa costa, al norte, en el pequeño puerto de Aea posiblemente llegaron los Argonautas con Jasón al frente, para adentrarse en la región de la Cólquida en búsqueda del vellocino de oro. Para los marinos griegos, tan solo los énclaves de Trapezus (Trebizonda), Atina, Khopa, Bathys (Batumi) eran lugares accessibles, más allá, en las regiones de la Cólqida o Lazika, de Imeri-Iberia la topografía de lo imaginario alimentó el mito de bosques impenetrables, mujeres hechicheras de una belleza sobrenatural y ríos de oro. No importa que según las investigaciones arqueológicas actuales, el vellocino posiblemente fuese un aparejo a modo de tamiz fabricado con la piel de un becerro joven para cribar las pepitas de oro de los ríos.
En el camino de vuelta, paramos en Zestaphoni cerca de la antigua capital del reino de Georgia, Kutaisi. A unos kilómetros se encuentra el monasterio de Gelati, uno de los centros del saber medieval, punto de encuentro del saber cristiano, islámico y judaico de la época, cientos de libros de filosofía, medicina, teología fueron traducidos del griego, árabe, hebreo, siriaco al georgiano. Su apogeo (siglo XII) coincidió con el reinado de David Aghmashenebeli, el Edificador, cuando tuvo lugar el Renacimiento georgiano en la política, en lo militar, en las artes y las letras.
En estas tierras hospitalarias el extranjero recibe casi honores divinos. Nos hemos sentado más de cuarenta para cenar. Es una mesa larga dispuesta en forma de U; ha habido un apagón, y a la luz de las velas es fácil imaginar los banquetes en las cortes georgianas, asisto a una procesión de platos, hojaldres de queso fundido, khachapoori; khinkalis, unas albóndigas en masa fina de carne macerada al vino, satsivis, tasajos de pollo asado en salsa de avellanas, y el mtsvadi, carne asada en espita de vid acompañado de salsas de vino y de yogur, y jarras de vino rosado y blanco, los merikipes (escanciadores) de las mesas no permitían que ninguna copa estuviese vacía. Los brindis se sucedían, en honor a los antepasados, por las madres cuyos vientres son la riqueza del mundo, por los amigos que están lejos, por los viajeros. En los momentos solemnes se hace uso de una copa georgiana muy especial que carece de pie y presenta una campanilla en su interior, hay que apurar la copa de un trago y después hacer sonar la campanilla para indicar a los comensales que los buenos deseos están avalados por el corazón.
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Es casi medianoche, los invitados se reúnen en grupos, algunos debajo del porche, otros caminan entre los viñedos. Salgo a dar un paseo con un profesor jubilado de literatura. Le cuento como el otro día, en Batumi, tras una tarde de lluvia nos cayó un temporal de nieve encima, caminábamos rápido para encontrar algún refugio entre las callejas del puerto y de pronto, en medio de la plaza, majestuosa, nos encontramos con una estatua de Medea mostrando el vellocino de oro.
Sonrió, la historia de Medea y los Argonautas es una historia de amistad y de acogida. Así somos los Georgianos, -me dice, nos han invadido los armenios, los persas, los mogoles, los turcos, rusos y no sé cuantos pueblos más, pero para nosotros el viajero es siempre un amigo.
Nos quedamos en silencio contemplando la barrera natural de los Cárpatos, hace un frío de mil demonios, el mito es el pretexto, Medea estaba esperando a los griegos desde hacía siglos, la cartografía imaginaria, las especias, el oro, las esmeraldas, los hechizos, la cartografía de lo imaginario se convierten en real desde el momento en que tenemos fe en el viaje. Iams mens pretrepidans avet vagari, le susurro. Hermosa frase, el temblor ante la anticipación del viaje, - me contesta, creo que a Cátulo le hubiese gustado pasar un tiempo entre nosotros.
Volvemos. Estoy agotado. Hay que beber despacio me dicen, poco a poco, sin prisa, y sobre todo, ríen, hay que practicar mucho. Algunos vecinos han vuelto a sus casas, otros incansables siguen conversando e improvisando melodías. Mi amigo comienza a declamar con voz potente, debe ser un poema muy conocido porque se van uniendo voces de cuerpos derrumbados sobre las mesas, ahora percibo un mar de voces,
Vards gaepurchkna kokori, gadakhveoda iasa,
Zambakhsac gagwidzeboda da tows ukhrida niavsa,
Torola maghla ghrublebshi tskrial-tskrialit galobda,
Bulbulic gakharebuli nazi khmit amas ambobda:
Agwawdi tupra kweganaw, ilkhine ivert mkhareo,
Da shenc kartvelo scawlita samshoblo gaakhareo.
Ha sido todo un éxito, ¿es de algún poeta clásico?. No, me dice, quien lo escribió realmente podría haber sido un gran poeta, pero terminó siendo un pésimo político y un despreciable compatriota.
A modo de despedida, me ofrece un garalioki, una especie de durazno que florece a finales de noviembre desafiando el frío. Canturrea el verso final y me lo traduce: Da shenc kartvelo scawlita samshoblo gaakhareo
- Querido amigo georgiano tu amor por el saber hace feliz a tu patria.
Sí, - adivinando mis pensamientos -, lo escribió Josef Stalin muy joven cuando estaba en el seminario.
Desde la ventana de mi habitación había contemplado el día anterior una procesión de frutos de color anaranjado intenso, desafiando la nieve. Son garaliokis, me dijo Deda, un poco como nosotros, en la adversidad somos felices viendo nuestras tierras doradas por el sol, el oro de Georgia no estaba en los ríos, ni era un vellocino custodiado por una serpiente, son nuestros frutos.
© Alfred G. Kavanagh. Diciembre 2007. |
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