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 Artículo

En la India, luto por Bhutto.

Javier Moro

Escritor.

Si alguien en Nueva Delhi ha recibido la noticia del asesinato de Benazir Bhutto con especial conmoción es Sonia Gandhi, la mujer más poderosa en la India hoy. Presidenta del partido del Congreso, la mayor organización política del mundo, reina en un país de mil millones de personas. Reina pero no gobierna; quien lo hace es un sikh, el primer ministro Manmohan Singh, nombrado por ella. ¿Cómo no sentir un escalofrío ante las imágenes del atentado de Rawalpindi, cuando te ha tocado vivir el asesinato de tu marido Rajiv Gandhi, también a manos de un terrorista suicida, o el de tu suegra Indira Gandhi, tiroteada por miembros de su escolta? ¿Cuándo los servicios secretos alertan periódicamente sobre complots contra tu vida y la de tus hijos? Benazir acudió a la cremación de Rajiv Gandhi un día caluroso de mayo de 1991, y ambas se saludaron con lágrimas en los ojos. Nada más enterarse de este atentado, Sonia se precipitó a la embajada de Paquistán a transmitir sus condolencias. Es un dolor desgraciadamente demasiado familiar el que recorre los miembros de estas dinastías políticas del sur de Asia, llámense Gandhi, Bhutto o Bandaranaike (Sri Lanka) cada vez que cae uno de ellos. El concepto de ‘dinastía política’ está bien enraizado en la cultura del sur de Asia. Es como una fusión entre la tradición -el pueblo veneraba a sus líderes como si fuesen dioses-, y las exigencias de la democracia parlamentaria. Los herederos de estas ‘dinastías’ no son nombrados a dedo, sino votados por el pueblo. Pero nadie votará a Benazir en las elecciones previstas para el 8 de enero.

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Todos en el gobierno de la India saben que Benazir estaba en los primeros puestos de la lista negra de Al Quaeda por su tendencias pro-occidentales y democráticas. La India, donde viven 160 millones de musulmanes, es también la bestia negra de Osama Bin Laden. ¿Qué significa entonces este atentado para la India? El ideal sería que Paquistán fuese una democracia, pero hace mucho tiempo que los indios ya han perdido la esperanza. Que Paquistán tenga que ser una dictadura para seguir siendo un país es un hecho aceptado. Su esencia es en si misma anti-democrática porque el país nació alrededor de una idea religiosa, -y excluyente, contrariamente a la India, una democracia secular y aglutinadora. El gobierno del dictador Zia Ul Haq (que mandó ejecutar al padre de Benazir), despojó al ejército paquistaní de su carácter secular, favoreciendo la promoción de oficiales pro islamistas, oriundos de la clase media baja del país. Hoy en día, esos oficiales constituyen una gran amenaza, no solo para Paquistán y la región, sino para el mundo entero si consiguen hacerse con el arsenal nuclear.

Porque el problema es que esta dictadura, que ahora está sufriendo las consecuencias de la desestabilización de Afganistán, se venga abajo y que el vacío de poder precipite el advenimiento de un régimen islamista, lo que busca Al Quaeda, o los talibanes, o como se quiera llamar a los fundamentalistas. El haber quitado a Benazir de en medio es un golpe contra la posibilidad de recuperar la democracia. Es un golpe que desbarata los planes de los Estados Unidos para la transición a un régimen de libertad, pero para la India hubiera sido mucho mas grave que Musharraf hubiera caído. Y ya ha sido victima de dos atentados, el último perpetrado por oficiales de aviación de su propio ejército.

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Para los indios, Musharraf es el artífice de la mejoría substancial de las relaciones entre ambos países. Nada mas hacerse con el poder, fue el propio Musharraf quien llamó al diario The Hindu de Nueva Delhi para ofrecer una entrevista en la que dijo claramente que quería solucionar el contencioso con Cachemira. A partir de entonces, las relaciones no han hecho más que mejorar, hasta el punto de que ambos países están de acuerdo en construir el oleoducto de Irán a la India, a pesar de la intensa oposición de los Estados Unidos. Por lo tanto, el drama para la India no es tanto que Benazir Bhutto no recupere ya la democracia para Paquistán, sino que Musharraf sea el próximo en caer a manos de grupos fundamentalistas bien organizados que están infiltrados en su ejército.

A esto se añade otro problema. Hasta ahora, el integrismo no parecía haber calado entre la población musulmana de la India. Pero ahora está creciendo entre la juventud la sensación de que los musulmanes en la India son una minoría discriminada. Parte de este sentimiento surge del hecho de que no se ha hecho justicia con las víctimas de los disturbios del templo de Ayodhya en 1993 (que musulmanes e hindúes reclaman como suyo) y tampoco con las víctimas de las matanzas de musulmanes en Gujarat en el 2002. La organización estudiantil SIMI (Student Islamic Movement of India), harta de denunciar la situación exigiendo justicia, ha pasado a la clandestinidad y está en contacto con grupos terroristas de Cachemira. Si el caos de Paquistán se aviva con el resentimiento provocado entre los musulmanes por el mal funcionamiento de la democracia india, entonces la situación puede hacerse explosiva, y no precisamente en el sentido figurado de la palabra.

© by Javier Moro 2007.

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