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48 ghats

Chantal Maillard

Poeta y escritora.

[… Estos 48 ghats] son sólo un punto de vista, o más bien un punto de estar, un punto en el que puede estarse, en el que yo me puse. […]Son cuarenta y ocho estaciones o estancias o imágenes cuyo periplo se inicia en Assi, en torno a cuyo ghat siempre me he alojado, y terminan doce ghats después de pasar aquel que corresponde al centro de la ciudad: Dasaswamedh. Cuarenta y ocho estancias que, como imágenes personales y fugaces, no han llegado a ser morada del corazón, según la imagen utilizada por los sufíes, pero sí estados, fugaces y a la vez permanentes, pequeñas estancias del corazón que se abren cada vez que vuelvo a abrir las páginas del cuaderno que las retiene.

1 ASSI GHAT

El olor a zotal contra la neblina que oculta las orillas del Ganges. Campanas, gorriones, voces, sonido de chanclas que se arrastran. La mañana es turbia, y más suave, más llevadero el desarraigo entre tantos seres que adivino agitándose en lo concreto, afanándose en lo que son. Ésa es la diferencia entre este bullicio y el de nuestras ciudades occidentales donde cada uno tiende a lo que no es, cumpliendo ritos que le separan de los otros. Ritos que separan -los ritos mentales- frente a los ritos que congregan. La soledad no es tanta aquí donde los ojos apuntan hacia fuera, directamente. En Occidente ya no sabemos mirar afuera sin dar el rodeo por ese falso adentro que es la mente. Por eso el afuera nunca ocurre dentro tal como se presenta, y es necesario recurrir a la filosofía de la representación. Todo idealismo es consecuencia de una pérdida de inmediatez, es la sistematización del desdoblamiento especular, un diagnóstico de la enfermedad o la pérdida.

Sería recomendable el desmayo. Desmayarse un poco hacia dentro para dar paso, para abrir el cauce, para estrangular el innecesario meandro formado por la acumulación de sedimentos en la cuenca este del cerebro.

No están solos. Son una comunidad unidos en el no-tener. Unidos en el gran juego de la compasión, permitiéndoles, a los que tienen, su tenencia para que pueda repartirse, en las esteras dispuestas, el arroz, el dal, los buñuelos, las monedas. Todos en hilera, niños, viejos, tullidos, leprosos, sentados uno al lado del otro, enfundados en sus chales, en su no-ser-nadie siendo, sin embargo, tanto.

* * *


2 GANGA MAHAL GHAT

A pesar del frío, se sumerge. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis veces, la nariz tapada con la mano en forma de pinza, la trenza cortando vertical la línea del sujetador bajo la tela amarilla del sari. Tiembla. Duda. Se sumerge. Una vez, dos veces, tres. Tiembla de frío. Luego, la ofrenda. El pequeño recipiente de metal dorado para el agua sagrada: paredes para encerrar el agua, para separarla del agua que la está rodeando. El dentro y el fuera aunándose y separándose por la acción de una mano, de dos, una, la que sostiene el cuenco, otra, la que se sumerge. El mundo ocurre alrededor, en torno a mí. Soy un ojo que respira. Un ojo avergonzado de serlo. Un ojo que ahuyenta a esos seres que me miran, me hablan y se ríen devolviéndome a mí, a lo que soy, a lo otro que soy. Por la escritura: mi ritual, distinto del suyo, ritual de secano, río que corre sin penetrar, sin enfriar más que las manos que sostienen el cuaderno. Un vendedor de azúcar pasa agitando una pequeña campana. Azúcar como globos rosas, llamativos sobre el fondo gris del río. El vendedor es gris como las aguas. Azúcar rosa, en racimo sobre el palo, árbol de azúcar, vela de un barco de golosina. Azúcar al que no tienen acceso los mendigos de Assi, ni los de Ganga Mahal, sentados en la tierra endurecida a cincuenta metros de la orilla. En Assi hay extranjeros rubios de ojos azules con peinado afro y ropa "estilo Assi" que adoptan las maneras que creen indias y que han aprendido a beber chai mirando el río desde las tarimas de madera donde se sientan los sadhus.

* * *

4 BHADAINI GHAT

El arte de volar cometas. Pequeñas manos que tensan el hilo con movimientos precisos. Un cuadrado de papel verde y blanco se eleva. La canilla sujeta entre las piernas, la mano guiando a golpes secos. Niños, nunca niñas. Una joven se frota los dientes con una ramita de neem. Silueta amarilla sobre el gris neblinoso del cielo que se confunde con las aguas. Por un momento detiene el movimiento, el palo queda inmóvil entre los labios como una larga boquilla. Pasa una barca que lleva dos generadores de electricidad. Máquinas negras que desde aquí parecen antiguas cámaras de fotos situadas para filmar la vida en las orillas. Máquinas-ojos, también, máquinas-luz que en sus cajas negras me devuelven la mirada y luego desaparecen hacia la ribera de Assi. Otra barca vacía la sigue. Mis ojos se instalan en ella y el remero se los lleva. Permanezco un instante sobre el barro. Siento frío.

* * *

5 JANKI GHAT

Dos cotorras verdes conviven con las palomas bajo los soportales del palacio. En fila, ellas también, pájaros como mendigos. Sus picos rojos como la lengua de Kali o la de Chinnamasta, la decapitada, la bebedora de sangre. Palomas que atoran los desagües del palacio. Palomas que atoran los canales por donde brota la sangre del mundo para que no se pierda, para que se mantenga vivo el organismo, palomas-Vishnu que hacen sus nidos en los huecos, perseverando en la existencia. Se oye recitar los Vedas; las escrituras tensan los hilos para que la historia vuelva a repetirse.

* * *

6 ANANDAMAYI GHAT

Saris que cuelgan de los balcones. Una niña lava sobre la piedra, amasa la ropa como se amasa la harina para el roti. Con movimientos cortos, precisos como los de los niños con sus cometas. Movimientos útiles, los de la niña; los juegos son de los hombres.

* * *

8 JAIN GHAT

Boñigas puestas a secar sobre la pared oblicua de la explanada. Los perros pasean su sarna bajo el templo amarillo. Me miran. Me devuelven a mí, a mi extrañeza, a mi vergüenza de ser ojo, a mi ser ladrón de imágenes y trozos de vida que me son ajenas. No ha de molestarme su mirada: ellos no roban, tan sólo me devuelven lo que soy. Son pantallas para mi no-ser, mi no-ser-ellos que golosamente trata de llenarse de aquello que no es, que se transporta hacia lo otro con la pértiga que tiene y la barca que no tiene.

* * *

11 PRABHU GHAT Amasar el excremento como se amasa la harina. Las niñas dejan en las boñigas la huella de su mano. La huella se secará con la boñiga y se quemará luego, con ella, en el hornillo. Huellas que alimentan, huellas que vuelven a ser manos en la chapati que cuece sobre el barro, huellas-savia, huellas-búfalo, aquel que vehicula a la diosa, la madre, la nutricia.

* * *

13 NIRANJANI GHAT

El icono protegido en su cubo de cemento pintado de color naranja. Una piedra que apenas sobresale del suelo. La han rodeado con una tela roja de bordes dorados. Una piedra pintada como su cubo-templo de color naranja, una piedra con dos ojos. Una piedra-dios, un dios piedra. Una presencia. El color señala la presencia. Los ojos indican la mirada. La presencia mira. Está ahí, señalada. Está.

* * *

14 MAHANIRVANI GHAT

Búfalos y barcas. Los búfalos rumian, tumbados en la arena pisoteada. Las barcas están quietas. Cierro el cuaderno. Protejo lo mejor de mí. Repliego el interés de pintar con la escritura. Ver un búfalo rumiando es ver la tierra estremecerse hacia adelante.

* * *

16 GULARIYA GHAT

El cansancio de los hombres. Mi cansancio. La vejez de los hombres. Mi vejez.

* * *

17 DANDI GHAT

Una cometa roja desciende sobre el agua. De pronto es pájaro, de pronto pez que se sumerge en el río y queda, pequeña mancha arrugada, flotando entre las flores marchitas. El niño ha cortado el hilo. Pequeños dioses, los niños, que se desentienden de sus errores. Una vida que acaba es el fallo de un dios que juega a las cometas.

* * *

20 HARISCHANDRA GHAT

El sonido del martillo sobre el clavo que ha de hender los troncos de madera. El oficio de los muertos. Los perros merodean. No obtendrán los restos de aquel cadáver que se llevan en la barca hacia el centro del río. El río se lo traga. La barca vuelve a la orilla. Las vacas, al lado de la parihuela vacía. Indiferentes. El fuego de los muertos calienta a los vivos. El arte de quemar a los muertos. Un arte de casta. El fuego arde en la orilla, casi sobre el agua. Los hombres miran. No esperan. Nadie espera. Nada ni nadie, aquí, espera nunca. Están. El muerto consumiéndose en su lecho de brasas, los hombres de pie sobre el barro. El gran linga de cobre domina como un faro el lugar del crematorio. Dice la fertilidad de la muerte, dice el universo. Retiran lo que ha quedado de la madera, troncos ennegrecidos que servirán, tal vez, para otro fuego. Nada se pierde. Lo vivo nace de lo muerto.

* * *

21 LALI GHAT

Cometas enredadas en los cables eléctricos que desembocan en el crematorio. Dejarán sin electricidad el horno donde se queman a los muertos cuyos familiares no pueden pagar la madera para la cremación. Se detendrá la salida del humo en la chimenea, ese otro linga, falo oscuro y delgado erguido sobre el cielo, a contraluz, contranatura. El crematorio, templo de cemento que se impone, por su tamaño, al templito de Hanuman. La pobreza es más grande que el rito, más grande y más oscura.

* * *

24 CHAUKI GHAT

Niños jugando en el polvo de las losas. Niños de polvo. Polvo jugando a ser niños sobre las losas. Brahma jugando a ser polvo. Yo: la losa.

* * *

26 MANASAROWARA GHAT

Hilos de cometas pasan rozándome el cuello. Mi cuello de búfalo tenso hacia delante. Hilos guiados por pequeños aprendices del dios Yama, pequeños aprendices de la muerte. Yo soy la decapitada, aquella a la que miran los sadhus desde su barca, la que miran sin verla, la que se bebe el sueño de todos los que juegan a ser lo que son. Hilos de cometas me acarician la piel. Mi piel de búfalo decapitado.

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28 RAJA GHAT

El sol me roba las fuerzas. Resuena dentro de mí el sonido de la ropa golpeada. Entre la piedra y el agua, el golpe. Sonido mojado, múltiple, ahuecado, plano a veces. Los lavanderos silban como serpientes. 29 Donde dice "Enjoy Coca-cola" debe decir... ¿Cuál será el nombre de este ghat? Restaurantes, guest houses, escuelas de yoga para extranjeros, sitar training, anuncios para gente rubia y adinerada. ¿Qué hemos hecho?

* * *

30 DIGPATIYA GHAT

Embarcaciones que llevan la propaganda de un lugar, un nombre, un reclamo. El agua huele a cieno. Bajo todo lo que piso está la marca de mi raza, nuestro Occidente, sus despojos.

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31 CHAUSATTHI GHAT

Pepsi, Mirinda, 7 Up, welcome se mezclan con el betel escupido en el barro. Yo mezclo mi mirada con la de esos hombres del río.

* * *

40 MEER GAT

El asedio. La canción que los niños aprendieron. La canción del asedio. Responda. Decimos lo que hemos de decir. Responda. Decimos las palabras mágicas. Debe responder. Hello Madam, hello what's your name. Hello no contesta. El juego no funciona. No hay respuesta. Algo no funciona. No te sientas, te asediamos. Si contestas estás muerta. Pillada, apresada en nuestra red. Pequeñas manos me palpan los bolsillos, la piel, buscan lo que aprendieron a buscar y a recibir. El juego se ha frustrado. Esta presa no responde. El animal ajeno, el extraño, el extranjero. La perra negra es especialista en fetos. Tiene tiña como casi todos los perros de Benarés, pero sabe como ninguno rastrear los fetos hinchados que las aguas devuelven a la orilla. Aquí está. Empieza por el cerebro. Una joven japonesa se acerca a la escena, se pone la cámara en la cara. Duda. No se atreve a disparar. Los intestinos ya se escapan por el cuello derramándose entre las guirnaldas amarillas y las bolsas de plástico que se estancan en el ghat y un olor nauseabundo corre como una brisa rozando el papel en el que escribo. El suelo de piedra ya cobra el tono rosa de la sangre aguada. La perra se relame. Da unos pasos a lo largo del ghat y vuelve al festín que ya es un tronco abierto por la espalda. Tres niños juegan a sumergir guirnaldas a su lado. La perra cumple con el cielo, restituye la carne a otra carne, lo impuro a lo impuro, devuelve a la totalidad la parte que le corresponde. Ya no puede reconocerse a qué ha pertenecido el trozo de carne que bambolea entre la pata derecha del animal y su hocico. El sol se está poniendo despacio en los escalones. Los niños juegan. .

* * *

© 2007 Chantal Maillard

* Estos fragmentos de “48 ghats” pertenecen al libro de Chantal Maillard, Diarios indios (Pre-textos, 2005).

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