El naufragio del Samha
Jordi Esteva
Escritor y fotógrafo
Dejamos aquella costa cegadora cuando se volvió intransitable por las arenas movedizas. Al cabo de una par de horas de rutas de interior, alcanzábamos de nuevo el mar. Avanzamos por una estrecha lengua de arena entre unas lagunas y el océano. De vez en cuando parábamos para admirar desperdigadas vértebras de ballena. Caía el sol bajo de la tarde cuando nos detuvimos en una amplia bahía. Había comenzado la marea baja y en su retirada, el mar dejaba en la arena unas grandes lagunas doradas por el sol, donde acudían bandadas de zancudas y golondrinas de mar que se abalanzaban sobre los crustáceos. No muy lejos emergían del océano dos impresionantes moles rocosas; una de ellas tenía la forma de un cono casi perfecto.
-Es casi imposible desembarcar en esos islotes -contó el viejo capitán-, pero los que consiguen encaramarse a ellos obtienen recompensa. La cima está repleta de guano de cormorán.
Acampamos junto a una cabaña de pescadores. Mientras Mohsen preparaba el té, llegaron los dueños del refugio.
-Salam Aleykum -oímos a nuestras espaldas.
Nos pusimos en pie. Eran cinco hombres, cubiertos con frutas enrolladas a la cintura y tocados con bonetes sobre los cabellos enmarañados. Sus ojos brillaban acuosos. Nos saludamos y, una vez identificados los linajes, se sentaron con nosotros. Aquella tarde seríamos sus invitados. Uno de ellos se dispuso a preparar la cena. Despellejó un pequeño tiburón y cortó cebolla, pimiento y tomate para preparar un estofado como el que Ustaz Jamis me cocinó en su apartamento de Mascate. Me fijé en sus manos: le faltaba una falange y del muñón le sobresalía un pedazo de hueso.
Se dio cuenta de que le observaba.
-Me picó un maldito pez piedra -dijo-, ésos que viven agazapados en las rocas para sorprender a sus presas y que son tan venenosos que pueden matar a un hombre. El dedo comenzó en seguida a pudrirse. Y como por estos páramos no ha pasado jamás un médico, para evitar que la ponzoña subiera por el brazo y llegara al pecho, cogí un machete y... ¡zas! -rió.
Otro pescador, colocó la cafetera árabe sobre las brasas. Le pregunté al capitán Jaled por sus aventuras marinas:
-A los doce años -comenzó su relato-, me embarqué con mis tíos como grumete y cada año seguíamos la misma ruta. Cargábamos los troncos de manglar que habíamos traído de África la temporada anterior y nos dirigíamos a Sohar, en la Batinah, donde embarcábamos limas secas, que al igual que las maderas eran muy apreciadas en el Golfo y luego seguíamos hasta Basora. De hecho, la temporada anual de los dhows comenzaba allí, pues a aquel puerto llegaban los dátiles de toda la región comprendida entre el Tigris y el Éufrates, la mayor productora de dátiles del mundo. En aquella ciudad eran empaquetados en cajas y su comercio era tan importante que nosotros calculábamos la capacidad de un navío, no en el número de toneladas, sino en el de cajas de dátiles que podía transportar -arqueó las cejas-. Los dátiles eran como nuestra moneda. De Basora, los transportábamos a la India. En Mangalore recogíamos sobre todo tejas rojas, que llevábamos a Zanzíbar y a Mombasa. Una vez descargada allí la mercancía, navegábamos hasta Simboranga, en Tanganyka, donde conseguíamos boriti, los postes de manglar. A lo largo de mis años en el mar, he visto de todo -me miró fijamente-. Recuerdo el mal día en el que fuimos atacados por los piratas; dispararon sobre nosotros y uno de mis primos perdió la mano. Nos lo quitaron todo.
El pescador nos sirvió un café muy cargado. El capitán Jaled, apuró el suyo de un trago y tendió de nuevo la tacita para que le sirvieran otra ronda, yo opté por agitarla.
-No cobré mi primer sueldo hasta cumplir los dieciséis años -continuó-, cuando viajamos al Baluchistán. Era la época de los ingleses. Entonces no había ningún país que se llamara Paquistán, todo era la India británica. Llevábamos oro que conseguíamos en Kuwait, porque cuando los ingleses dominaban la India, el oro era muy caro, aunque luego, tras la independencia sucedió lo contrario. Era un comercio muy peligroso pues estaba perseguido por la ley. Lo hicimos varias veces pero en una ocasión en Calicut, los ingleses detuvieron a una veintena de dhows y nos pillaron. Algunos arrojaron el oro por la borda -suspiró-. A nosotros nos pillaron y nos encerraron en una mazmorra durante tres meses, luego nos juzgaron y nos metieron en la prisión de Calicut. Nos obligaban a trabajar y a cambio nos daban tres boles de arroz al día.
-¿Eran muchos a bordo? -me interesé.
-Una treintena de adultos, más los aprendices y grumetes. Nos dividíamos en dos turnos, pero cuando había tormentas todos arrimábamos el hombro. Se embarcaban también dos carpinteros provistos de algodón para calafatear y los instrumentos necesarios para reparar el casco y prevenir las entradas de agua. Para proteger el barco utilizábamos cal mezclada con sham o grasa de tiburón y aceite de coco.
El capitán sorbió su tacita y me miró a los ojos.
-¿Quiere que le cuente algo? -dijo-. En una ocasión veníamos de Mangalore con una nave llamada Al Maimún. Transportábamos más de 120.000 tejas hacia Mombasa, cuando de repente pararon los vientos. Llevábamos más de 65 días en el mar y apenas teníamos comida; además escaseaba el agua. Éramos más de 45 hombres y la situación se volvió tan desesperada que mi tío, el najoda, ordenó a su hombre de confianza que vigilara las provisiones. Por fin un día, el vigía avistó la costa, el capitán creyó que era Mombasa, pero estábamos en un lugar salvaje y desconocido.
Hizo una pausa y nos sirvió otra ronda de café.
-La costa africana no es como la omaní -aclaró-. Está plagada de arrecifes coralinos, que la hacen más peligrosa. Por fin pudimos alcanzar nuestro destino y descargar allí las tejas. Aquella costa era árabe y estaba gobernada por un uali elegido por el sultán de Zanzíbar, que pertenecía a los Bu Said, la misma dinastía de nuestro actual monarca; y aunque se hallaba bajo control británico, la bandera que ondeaba en los puertos era la nuestra. En Lamu cargamos nuestro dhow con los postes de manglar, que tan bien se dan en aquellas tierras. ¡Debería usted ver los canales de Manda frente a la isla de Lamu! Son un laberinto intrincado, en el que uno puede llegar a perderse.
El capitán se quedó absorto mirando el horizonte.
-¿Por donde iba? ¡Ah, sí! -continuó-. De regreso a Omán con la preciada madera, una noche en la que se ocultó la estrella que llamamos faraia y que nos guía a los navegantes, estalló otra gran tormenta. Las olas eran gigantescas y saltaban por la borda. El viento huracanado parecía que iba a arrancar las velas y el capitán ordenó arriarlas. Uno de los marineros, que era muy piadoso, vio tan cerca el fin que, con un pedazo de vela, se hizo una mortaja. A nuestro lado vimos como un dhow iraní zozobraba; arrojaron los troncos de manglar por la borda para intentar salvarse pero de pronto se les rompió el mástil. Se hundieron delante de nosotros sin que pudiéramos hacer nada por ellos, más que encomendarnos a Dios y gritar muy fuerte: Alá u Akbar! Al cabo de siete días divisamos la isla de Socotra, que alcanzamos de madrugada. ¡Por fin estábamos a salvo!
Tras la comida, sorbiendo otro de aquellos cafés tan cargados, consideré llegado el momento propicio de preguntar al capitán Jaled por aquel naufragio cuya narración había inspirado el atrevido cuadro de Ustaz Salah.
-¡Fue la mayor desgracia de la que he sido testigo! -exclamó-. Sucedió en 1959, durante el mes persa de nairuz, cuando empieza la estación de los viajes en el Índico. Yo entonces era joven, un simple marinero a bordo de un gran sambuk llamado Naif. Regresábamos de Zanzíbar y durante todo el trayecto habíamos navegado con otro navío llamado Samha. Pero en las cercanías de Jabat Shwaimya, nos sorprendió una tormenta repentina. El cielo oscureció y las olas crecieron tan altas como este islote -dijo, señalando la mole de guano-. No tardamos en darnos cuenta de que el Samha tenía problemas. Intentamos una aproximación, pero resultaba una locura. El capitán quiso hacer lo imposible por salvar aquel navío que hacía aguas y se hundía delante de nosotros. Tras una maniobra en la que arriesgamos nuestras vidas, conseguimos lanzarles un cabo, pero la furia del mar lo rompió como si fuera un cordel y el Samha se hundió ante nuestros ojos con 118 hombres y 33 mujeres a bordo. Algunas noches de tormenta aún creo oír sus terribles alaridos y, aunque sé que no pudimos hacer nada por ellos, me maldigo por no haberlos podido salvar. En cuanto a nosotros, permanecimos a la deriva sometidos a los caprichos de un mar colérico. Yo rezaba a Dios y le suplicaba:
>>-Si tenemos alguna esperanza en la vida, dadnos de una vez los medios y la fuerzas para salvarnos. Pero si ya está decidido que nuestro paso en este mundo sea breve, tomad de una vez nuestras vidas aprovechando la terrible oscuridad de esta larga noche para que nadie pueda ver el sufrimiento en el rostro del prójimo.
-Dios escuchó nuestras súplicas y la tempestad por fin amainó. Caímos rendidos por el esfuerzo. Al día siguiente nos despertó la voz del vigía, que acababa de divisar tierra, y las olas nos arrastraron hacia una costa remota. No fue hasta diecisiete días después del naufragio que pudimos arribar a Sur, donde contamos la terrible desgracia. El dolor fue profundo; sin embargo parecían extrañamente resignados, como si ya supieran que se había producido una gran tragedia, pues el día del naufragio había aparecido en el cielo la estrella roja que presagia el desastre en el mar. En todas las mezquitas se abrieron suscripciones para ayudar a las familias de los damnificados. Resulta terrible cuando el mar se convierte en una tumba y no tienes junto a ti los cuerpos de los seres queridos para llorarlos y enterrarlos como prescribe nuestra religión.
El sol se ocultaba y Jaled se incorporó. Era la hora de la oración del atardecer y los hombres le siguieron para hacer sus abluciones rituales con el agua de un bidón. Tras la plegaria, en dirección a La Meca, mientras las lagunas retenían aún los violetas y rojos del atardecer, se levantó una brisa y todo quedó en suspenso. A oleadas, millares de aves emprendieron el regreso hacia la isla del guano. Los grandes peces comenzaron entonces los chapoteos, mientras un delgadísimo creciente lunar con las puntas hacia arriba, como los que coronan las cúpulas de las mezquitas, aparecía sobre el horizonte entre los dos islotes que desprendían en la noche un fulgor blanquecino. El capitán Jaled se levantó y exclamó: "Mashalá! (¡Alabado sea Dios!)", mientras uno de los pescadores entonaba una loanza a las maravillas de la creación, tan bella que nuestros ojos se humedecieron.
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© Jordi Esteva 2006
Fragmento del libro Los árabes del Mar, Editorial Península 2006.
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