La evolución de la arquitectura india a lo largo de su historia
Susana Avila
Escritora
Normalmente nuestro conocimiento de la cultura india puede considerarse postcolonial. Efectivamente, el estudio de las antigüedades indias recibió su primer impulso de la mano de sir William Jones que inició la fundación de la Sociedad Asiática de Bengala en 1784, y a partir de aquel momento se abrieron nuevas fuentes de conocimiento para Occidente.
El estudio de las bases sobre las que se asentaron los pobladores de este inmenso país resulta esencial. Así, y siempre hacia atrás, hemos llegado al conocimiento de una de las primeras civilizaciones que existieron sobre la Tierra: la cultura del valle del Indo, que floreció y permaneció en vigor durante unos mil años, desde el 2500 al 1500 aproximadamente.
El descubrimiento de esta civilización es el triunfo de la arqueología moderna. No fue hasta 1922, que sir John Marshall, un arqueólogo que hacía excavaciones en lo que hoy es Pakistán occidental, dio con un puñado de ladrillos y de sellos de piedra que le indujeron a pensar en la existencia de esta cultura y, ayudado por R. D. Benarjee en Mohenjo Daro, publicó sus descubrimientos el 20 de septiembre de 1924 en el "Illustrated London News".
A partir de aquel momento los historiadores se vieron en la obligación de retroceder un par de milenios el comienzo de la historia y los arqueólogos se dedicaron a esclarecer nuevos centros sobre un triángulo gigantesco que abarca la parte superior del sistema del río Indo, e incluso también la del Ganges, y se extendía a lo largo de la costa del mar Arábigo desde la actual frontera entre Persia y Pakistán hasta el golfo de Cambay, cerca de Bombay, apareciendo nuevas ciudades agrícolas, puertos marítimos y un total superior a cincuenta comunidades entre las que cabe destacar las llamadas 'poblados de colina': Zohb, Togau, Quetta, Kulli, Mehí, Amri, Nal, etc.
Entre 1955 y 1956 el Departamento de Arqueología de Pakistán sacó a la luz, en unas excavaciones realizadas a 28 Km. al sur de Khairpur, una zona habitada de gran interés. Se comprobaron veintiún niveles de ocupación, los más altos representando fases típicas del valle del Indo, mientras que los más profundos revelaban la existencia de una cultura anterior y sobre la que se asienta esta extraordinaria civilización. Esta ciudad, Kot Diji, anuncia ya lo que más tarde serían Harappa y Mohenjo Daro tanto en ciertos motivos cerámicos como en el tipo de fortificaciones y, lo que es particularmente interesante, el modo de implantación urbana.
Los niveles que corresponden a la civilización del valle del Indo están separados de los precedentes por una capa de material carbonizado, lo que parece indicar una conquista violenta por parte de la gente de Harappa, en una etapa en la que los habitantes de Kot Diji habían alcanzado ya un desarrollo de vida social en nada inferior a la de sus conquistadores. En las capas pre-Harappa se advierte la falta de utensilios de cobre y bronce, ni tampoco hay ladrillos cocidos. La hipótesis más probable es que Kot Diji representa una cultura provinciana sin ambiciones, parcialmente anterior y parcialmente contemporánea, bruscamente integrada, en cierto momento, en el área de Mohenjo Daro y Harappa.
Cuando ya nos concretamos en el estudio de los dos mayores centros de civilización del valle del Indo lo que más sorprende es su planta ortogonal que no es sino el resultado de un programa determinado de construcción, lo que no ocurre en Ur, la ciudad mesopotámica.
Tanto Mohenjo Daro como Harappa se componían esencialmente de un rectángulo de cinco kilómetros de perímetro dominado por una ciudadela fortificada, tan alta como un edificio moderno de cinco pisos. La ciudadela tenía un enorme granero, un vestíbulo para reuniones ceremoniales y un baño público, quizá de ritual, que debía constituir el centro gubernamental y la sede de la religiosidad.
Abajo se extendía la ciudad cuadriculada, de una rigidez matemática, cuyas calles y avenidas corrían de norte a sur y de este a oeste. Casas y tiendas de sólida formación en piedra ocupaban las calles. No había ventanas al exterior y, en su interior, las habitaciones se disponían alrededor de alegres patios abiertos. Los baños y los retretes estaban conectados por una serie de sumideros, tuberías y desagües a un sistema de cloacas que se extendía bajo la ciudad. A intervalos había registros en las alcantarillas para facilitar la labor de los inspectores del gobierno.
Como base para la discusión de la arquitectura y etnología indias, debemos reconocer que no hay una India sino, por lo menos, tres Indias. Por una parte tenemos la India de las grandes ciudades que son, sin embargo, pocas en el país, la India de la política y del comercio, que fue durante cierto tiempo la India del patronazgo artístico. Por otra parte existe la India de las gentes de las montañas y bosques. Entre ambas se encuentra la India de las aldeas, en contacto con las dos, diferenciada por tradiciones locales de gran antigüedad, pero poseyendo cierta unidad, nacida de intereses y ocupaciones afines: los intereses y ocupaciones de aquellos cuyo modo de vida es la tierra [1]. De donde podemos decir que necesariamente no todo la cultura india se basa en su filosofía como afirmaba el doctor Coomaraswamy. Así el arte encuentra una correspondencia exacta con otros aspectos culturales y aún siendo, como es, enteramente anónimo es también muy consecuente.
Prácticamente no se conserva nada de las construcciones de madera ni de la variada arquitectura de ladrillo de los primeros siglos y todo lo que conocemos es a través de descripciones literarias y representaciones en bajorrelieves. Efectivamente, la arquitectura india no se puede desligar de su escultura hasta los grandes edificios muslímicos.
En 1845 James Fergusson publicó la primera de varias series de libros sobre arquitectura india, que culminaron en su "Historia de la Arquitectura India y Oriental" publicada en 1875. En aquel entonces él intentaba estudiar lo más profundamente posible las edificaciones arias y budistas de todo el continente. Clasificó el material investigado por religiones teniendo en cuenta que la finalidad de un edificio religioso debía de tener gran influencia sobre su arquitectura.
Después de la época de Fergusson, la arqueología adquirió la categoría de una ciencia. Sin embargo, aunque él trabajó sin la utilización de términos técnicos sus conclusiones fueron absolutamente válidas.
La compleja mitología budista encuentra sorprendentes descripciones en los frisos de sus monumentos. Los diosecillos 'yakshas' aparecían pintados en los umbrales de sus edificios a modo de protección. En la stuppa de Bharhut, (siglo II a.JC.) no aparece la figura e Buda y, sin embargo, está circundado por una muchedumbre de seres menores de muy distinta personalidad que, procedentes de la antigua mitología aria, encuentran su forma al entrar al servicio del budismo pero de los cuales se venga al disminuirlos considerablemente de categoría. Un siglo, después, la stuppa de Sanchi continua manteniendo estos diosecillos pero, incluso, mucho más despersonalizados, sin nombres. Ya en Amaravati los viejos símbolos se conservan pero mano a mano con la figura de Buda.
Los siglos III y IV son lagunas en la historia de la arquitectura, ya que las pruebas arqueológicas faltan casi por completo. Pero el siglo V, es el de la edad de Oro, el momento culminante de la supremacía del imperio Gupta, cuando floreció no sólo la arquitectura sino todas las demás artes. En aquel periodo el Budismo ya había perdido la atención de las gentes y con ello se puso de manifiesto un resurgimiento del poder brahmánico.
La arquitectura de estos tiempos seguían siendo de madera y ladrillo cocido, pero aun conservada en vestigios en las cuevas de Ajanta: arquitectura grandiosa, espaciosa y llena de color gracias a su decoración por frescos, últimos vestigios de la implantación budista, mezclados ya con cuevas brahmánicas. Todo parece indicar que el declive de Ajanta coincidió con la ascensión de Ellora en donde cabe hallar más vestigios brahmánicos.
Fue en el año 711, cuando por primera vez entraron huestes musulmanas en la India. Establecieron en el Sind una colonia que poco después cortó toda conexión con el califato lo que hizo que desapareciera sin dejar huellas arquitectónicas de interés.
En el siglo X, un esclavo turco entró a través del Afganistán y creó un estado independiente en Ghazni, su sucesor, Sabuktigin, conquistó el Punjab y creó ya una dinastía que pronto destacó por sus construcciones. La tumba de Mahmud, hijo de Sabuktigin, en Ghazni, fue descrita por Mr. Robert Byron así: "La tumba semeja una cuna invertida del mármol blanco y lleva una bella inscripción cúfica cuyos caracteres se han ido haciendo translúcidos por la devoción de nueve siglos. Estaba cubierta, cuando entré, con un paño mortuorio sobre el cual había esparcidos frescos pétalos de rosa, para mostrar que la memoria del primer gran protector del arte islámico persa es aún reverenciado entre las gentes que un día gobernó" [2]. Fergusson dijo de ella: "El que sus entradas, llevadas a la India hace tiempo, sean de pino de Deodar, y los adornos esculpidos en ella sean tan parecidos a los encontrados en el Cairo, en la mezquita de Ibn Tulun y en otros edificios de la época, no solo prueba que son de la misma fecha, sino la implantación del arte musulmán sobre el hindú" [3].
Esta afirmación de Fergusson quizá se manifestaba un tanto excesiva, era válida para la región; pero durante esta época en el resto de la India tuvo lugar el florecimiento de un arte autóctono y genuino. Entre los siglos VIII y XII se construyeron multitud de templos hindúes y jainistas que, a diferencia de las construcciones budistas, eran más capillas para individuos que lugares para el culto congregacional. Las típicas construcciones de esta época constaban de dos elementos: una capilla coronada por una torre curvilínea (sikhara) y un pórtico de entrada o galería.
En el sur de la India se sustituyó esta torre curvada por torres piramidales (vimânas) con lados escalonados, más primitivas, semejantes a los zigurat babilónicos. Ligeras variaciones añadían salas con pilares (mandapam) y cercos (prakâra) en torno a la capilla con elevadas puertas (gopurams).
Más al norte, en Khajuraho, en el estado de Madhya Pradesh, durante el dominio de la dinastía Chandela (950-1050) se construyeron un total de ochenta y cinco templos del más clásico estilo indio en los que la ornamentación escultórica primaba sobre la base arquitectónica. Del mismo tipo que el más notable grupo de templos primitivos, dentro del distrito de Orissa, en el golfo de Bengala, que se libraron de la invasión musulmana hasta el 1510.
Las edificaciones que existían en 1193, cuando el expansionismo musulmán se asentó en la India con vías de continuidad, eran numerosas y de tipo claramente florido. En efecto, es la profusión decorativa de los primeros templos indios lo que tiende a oscurecer los rasgos estructurales, haciendo así difícil para un crítico europeo el analizarlos desapasionadamente. Havell escribe que "puede parecer al ojo occidental, educado en la fórmulas del maestro clásico, que la disposición mahometana es más grata, precisamente porque es más correcta conforme a los cánones llamados clásicos" [4]. En cualquier caso las opiniones de Harvell discrepan ostensiblemente de los estudios de Fergusson de los que dice: "no es un estudio de la vida india (lo que Fergusson hace), sino un museo de antigüedades erróneamente clasificadas" [5]
Entretanto el poderío musulmán iba extendiéndose por el norte de la India, y con ello la construcción de mezquitas, según pautas normalizadas, consistente en un amplio patio rectangular abierto, rodeado de arcadas y columnas por los cuatro lados. El sector más próximo a la Meca era habitualmente más profundo y contenía el santuario.
En el año 1526, con la ascensión al trono de Delhi de Babur, entramos en el periodo mogol y con ello en el del mayor esplendor en la arquitectura muslímica de la India, la cual abarca nominalmente hasta el 1761. La mayor parte de los edificios de este periodo se hallan en la zona noroccidental de la India: Delhi, Agra, Fatehpur-Sikri, Lahore, etc.
De la época de Babur solo nos han quedado las mezquitas de Panipat y Sambal, en Rohilkand. Su hijo, Humayum dejó su huella especialmente en Delhi; obra suya es la mezquita Isa Khan. Uno de los primeros monumentos erigidos durante el reinado de su hijo y sucesor, Akbar, fue la tumba de Humayum, construida en 1565-1569. Akbar residió en varias ciudades en las que dejó su huella, Lahore, Allahabad y Agra, donde empezó a construir su famosa fortaleza, dentro de la cual colocó la primera parte de su palacio que fue concluido por sus sucesores. Pero el primer centro de actividad constructiva de Akbar es la ciudad de Fatehpur-Sikri, a 23 millas de Agra, donde trasladó la corte durante dieciséis años.
Su hijo, Jahangir, vivió la mayor parte de su reinado en Lahore donde construyó uno de sus monumentos más preciosos, la Moti Masjid (Mezquita de la Perla), construyó jardines en Udaipur, Srinagar, etc. pero la edad de Oro del arte mogol en la India se debió a su hijo, Shah Jahan, que produjo monumentos tan notables como el Taj Mahal, finalizó el Fuerte Rojo de Agra agregándole su maravilloso Diwam-i-Am y Diwam-i-Khas. Su obra en Delhi también fue notable. Comprende las murallas actuales de la ciudad indígena y la fortaleza situada en el interior de ellas, a orillas del Yamuna, sobre una amplísima extensión de 1000x600 yardas cuadradas. También a él se debe la inmensa Jama Masjid, la más grande de las mezquitas después de la de la Meca, cerca de la fortaleza de Delhi, con un patio de 325 pies cuadrados, dos elevados minaretes cilíndricos y tres hermosas cúpulas.
La dominación inglesa en la India no aportó nuevas construcciones a la arquitectura india, si bien todo lo contrario ya que, poco simpatizantes con la arquitectura histórica dieron lugar a un trato torpe y a veces bárbaro de algunos edificios, especialmente los palacios existentes dentro de las fortalezas que, habilitados como oficinas del gobierno colonial, quedaron muy deteriorados. Aunque también es cierto, todo sea en honor de la verdad, que han sido los investigadores y antropólogos británicos, de los que William Jones, James Fergusson o sir John Marshall son solo un ejemplo, quienes han sacado a la luz todo el basamento de esta cultura.
No sería justo acabar aquí la exposición de esta visión histórica de la arquitectura sin pasar algunas observaciones sobre las tendencias actuales que se están desarrollando en todo el territorio. Lejos de la India milenaria que se afana por ver el turista, hay un país actual, que vive en el siglo XX con las dificultades y los problemas del desarrollo tecnológico, que se apura por estar en la vanguardia de la ciencia y de la técnica, y que, aún manteniendo la herencia del pasado, afronta el porvenir.
También en la arquitectura se ha producido un gran movimiento y un evidente renacimiento que ha plasmado en nuevos conceptos y experiencias la atmósfera y las tradiciones autóctonas. Con la construcción de la nueva ciudad de Chandigarh, al noroeste de Delhi, que fue concebida y realizada por le Corbusier, se iniciaron las nuevas tendencias arquitectónicas. Y, aún dentro de las ciudades clásicas, nos encontramos con un Bombay, la tradicional Puerta de la India, que es un típico ejemplo de la India contemporánea con sus rascacielos, fábricas y una amplia red de carreteras.
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© Susana Ávila 2006
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[1] K.B.Codrington "Arte indio y Arqueología", pag 118.
[2] Robert Byron "Middle Eastern Journey", artículo publicado en "The Times" el 28 de Diciembre de 1934.
[3] James Fergusson "History of Indian and Eastern Architecture" (Londres, 1910) volumen II, pag 193.
[4] E.B.Havell "Indiam Architecture" (2ª ed, Londes, 1927) pag. 51.
[5] E.B.Havell "Ancient and Medieval Architecture of India", pag XXIV.
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