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Tres postales de la India

ANA Mª BRIONGOS
Escritora y viajera



Santiniketan, julio 2003

Puedo imaginar lo que fue Santiniketan cuando, sentada bajo la sombra del gran baniano que se encuentra en el recinto de la universidad Vishva Bharati, miro a mi alrededor. Grandes árboles de extensas copas protegen del sol de julio a quien bajo ellos se cobija. Mas allá zonas de pradera, alguna laguna, grupos de palmeras. Puedo imaginar lo que sentía Rabindranath Tagore cuando en 1901 llegó desde la ciudad, Calcuta, dispuesto a poner en marcha una escuela para niños que estuviera en armonía con la naturaleza, convencido de que la educación no debe ser una tortura sino una alegría. Instalado en las tierras donde su padre tenía un ashram, empezó su labor pedagógica debiendo superar dificultades económicas además de la reticencia de los campesinos y la suspicacia de los burócratas, a causa de la mala reputación que tienen los poetas como él mismo decía. Pero, "Cuando dejé la lucha por obtener resultados, en la ambición de beneficiar a los otros, y fui en busca de mis necesidades más profundas, cuando sentí que vivir la propia vida en plenitud, es vivir la vida de todo el mundo, entonces, la inquieta atmósfera de la lucha externa se disipó y el poder de la creación espontánea encontró su camino hacia el centro de todas las cosas".

Intento aislarme del ruido de la calle para oír las voces de los niños que a la sombra de los mangos y de los bokules en flor siguen sus clases. Aunque las escuelas y la universidad aún funcionan, ahora a cargo del Estado, muchas cosas han cambiado en Santiniketan desde que falleciera el poeta. Maestros y profesores forman parte, hoy, de la gran masa funcionarial que vive a la sombra del Estado indio. Alrededor de las villas que se hicieron construir las familias de la burguesía ilustrada de Calcuta que apoyaron en su momento la idea de Tagore, se construyen nuevas casas, nuevos hoteles. Santiniketan está de moda para un tipo especial de viajeros, tanto indios como extranjeros, aquellos que buscan un ambiente de paz, de cultura, de amor a la naturaleza, de reconocimiento al trabajo de los campesinos y de admiración por sus artistas y sus artesanos. También de aquellos que quieren sentir de cerca la impronta de su poeta más famoso y primer premio Nobel de Asia, el escritor más internacional de la India, un hombre polifacético, entusiasta, espiritual, trabajador incansable, inmune al desaliento, Rabindranath Tagore.

El gran baniano que me cobija cuyo tronco, custodiado por hileras de raíces que penden de las ramas, no alcanzan abarcar cuatro personas con los brazos extendidos, se ha llenado de pájaros. Mis compañeros y compañeras de sombra se interesan por mi procedencia, yo por la suya. Entablamos una conversación que puede durar horas y quizá sea el origen de una amistad duradera. Después saldré del recinto y pasaré un rato descubriendo libros extraordinarios, nuevos y viejos, algunos comidos por las polillas o descoloridos por las aguas, entre las estanterías de la librería del pueblo. Saldré cargada de cuentos ilustrados, escritos en bengalí, cuyas palabras no entenderé nunca y, antes de que anochezca, en un rickshow de bicicleta, volveré a la casa donde me alojo para compartir con mis anfitriones la puesta de sol.



* * *


Amanecer en Calcuta

Acaba de amanecer en Calcuta. Desde la terraza del apartamento donde vivo, en el quinto piso de un edificio de Lake Place, en el sur de la ciudad, veo la calle. La tienda de enfrente ya está abierta. Su fachada amarilla resalta entre puertas herrumbrosas cerradas con grandes candados. Está decorada con letras negras en bengalí que parecen serpientes equilibristas colgando de una barra. Dos hombres charlan de pie frente a la puerta, uno viste un dhoti blanco, camisa beix, chanclas de goma azules y se apoya en un paraguas. El otro lleva un lungui de cuadros verdes y azules y camisa amarilla, va descalzo. Un joven que ha llegado en bicicleta ordena huevos blancos en bandejas de agujeros para entregarlos en la tienda. En la fuente de la esquina un aguador bombea y llena sus bidones de plástico azules atados con cordeles a los extremos de un largo palo mientras tres hombres acuclillados, delgados y oscuros, se enjabonan la cabeza y el cuerpo. Un taxi negro y amarillo modelo Ambassador discurre, majestuoso, por la calzada. Los lustrosos cuervos de Calcuta croan sin cesar y pueblan árboles y azoteas. Una humedad pegajosa que no se disipa nunca nos envuelve. Sobre la ciudad están creciendo grandes nubarrones que se cerrarán en pocos minutos y nos servirán cortinas de agua. Es tiempo de monzones.

Ante mí las pintorescas azoteas del barrio del lago, donde vivo. Edificios de estilo racionalista envejecidos con una pátina negruzca acumulada durante años de polución, de lluvias monzónicas y de sol. Fachadas verde manzana, amarillas, rosas, con alguna raya granate si acaso, horizontal o vertical, y rejas en casi todos los balcones. Mujeres peinando sus extraordinarias melenas negras en las terrazas o tendiendo la ropa: largos saris de fantásticos colores. Difícil secado entre chubascos. Altísimas palmeras cocoteras asoman, entre los edificios, sus penachos bamboleantes sobre finísimos troncos. Grupos de palomas forman círculos en el cielo y se recogen en distintos palomares cercanos.

Ayer estuve en el Vidyasagar College para chicas, fundado por el gran educador y reformador social indio del siglo diecinueve Pandit Iswar Chandra Vidyasagar. Al terminar la clase a la que me habían invitado para intercambiar ideas con alumnas y profesoras, me despidieron con una canción. Empezó a cantar una mujer joven con una voz muy hermosa; después supe que era la profesora de economía política. Al poco tiempo se fueron añadiendo alumnas y profesoras y acabaron en un coro de cien voces femeninas cantando una melodía delicada, suave, una canción en bengalí que escribiera Rabindranath Tagore dedicada a Victoria Ocampo de la cual se había enamorado y que decía "No te vayas extranjera...". Eran las ocho de la mañana. Las clases habían empezado a las seis y media, una hora después de amanecer. Algunas de aquellas muchachas que vivían en el extrarradio de la inmensa ciudad o en algún pueblo cercano habían salido de su casa a las cuatro de la madrugada para coger el tren. Salí emocionada y recorrí las callejuelas abigarradas del norte de la ciudad hasta llegar a la estación del metro, limpio y eficiente metro de Calcuta, que me llevaría en veinte minutos de regreso a mi tranquilo barrio del lago.

* * *


Monzón en un pueblo santhal, Bengala Occidental, India.

Desde el escalón de barro de mi habitación que da directamente al campo, contemplo como cae la lluvia sobre la laguna. Tenía que romper por fin la nube pues el calor era sofocante por la mañana. El viejo de una casa cercana ha traído a sus cuatro negros y grandes búfalos para que se bañen. Han entrado majestuosos en el agua y han hundido sus corpachones. Solamente emergen sus cabezas alargadas y sus cuernos retorcidos y, a veces, ni ellos. El viejo, de piel oscura, casi tan negra como la de sus búfalos, y pelo cano, viste un lungui blanco anudado a la cintura. Sus delgadas piernas se recortan sobre el verde de la hierba de la orilla. Lleva en una mano una larga caña de bambú y en la otra un paraguas abierto, negro. Se sienta bajo la lluvia a contemplar como se bañan sus animales. Es un hombre rico en este villorrio santhal, tiene cuatro animales de tiro y un trozo de tierra, donde cultiva el arroz; pero este año está preocupado, como lo están todos los del pueblo, pues los monzones traen poca lluvia, el arroz ya amarillea, y todavía no se puede trasplantar por falta de agua. El hambre siempre acecha.

Ayer, cuando ya se había puesto el sol fuimos a su casa a beber agua de arroz fermentada, un líquido blancuzco de baja graduación, escanciado por una de sus nueras, exactamente la casada con su hijo mayor, nos hizo saber, en unos recipientes metálicos de forma semiesférica, desde una gran vasija de barro de redondo vientre y estrecha embocadura atrompetada. A oscuras, sentados con las piernas cruzadas en el porche de su cabaña de barro y bambú y tejado de paja de arroz, bebimos muchos cuencos mientras escuchábamos el murmullo de una conversación en lengua santhal, que se desarrollaba al otro lado de la casa. Los santhales son unas gentes que se asentaron en la región donde estamos, al sudoeste de Bengala Occidental, procedentes de Bihar. Conservan su lengua y sus costumbres, y su comunidad se rige por normas especiales que ellos mismos administran a través de consejos de ancianos. Son campesinos cultivadores de arroz. No he visto ningún templo hindú en el pueblo donde vivimos, ni en los pueblos vecinos, tampoco mezquitas. Los únicos símbolos que decoran sus casas son flores y pájaros en relieve sobre el barro y, pintada, la hoz y el martillo, en casi todas las casas. Los relieves sin fallo en su continuidad con la pared perfectamente rebozada, son esquemáticos diseños muy bellos, que harían las delicias de un diseñador de logotipos, se distribuyen alrededor de la puerta o en la fachada, son del mismo color del barro de la pared o, si acaso, de un azul muy suave. Las mujeres se encargan de inventar y llevar a cabo estos relieves y en todas las casas hay alguna artista anónima, a la que nadie reconoce como tal, que los renueva cada temporada, o los repara, después de la estación de las lluvias. Hasta las hoces y los martillos están dibujados en azul y se diría que también los comunistas de esos lares tienen una disposición artística o, por lo menos, un respeto por la estética santhal.

Veo como nuestro vecino entra en el agua y lava con cuidado, como acariciándolos, a sus cuatro búfalos. El paraguas negro ha quedado abandonado, abierto, sobre la hierba. La cortina de agua difumina el paisaje.

©Ana María Briongos

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