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29/07/2010  Visitante Bienvenido Asia Libros, Conde Duque, 18 Madrid  
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 Artículo

Impresiones de Anandamayí

Richard Lannoy.

Fotógrafo y escritor.

UNA TARDE, después de la comida de mediodía, un pequeño grupo de personas salieron en coche hacia Lucknow. Después de pasar Unnao, la señora que estaba sentada en la parte trasera del coche, envuelta en unas diáfanas vestiduras blancas, exclamó: «Mira, Didi, ¡qué pueblecito tan hermoso!»; la mujer a la que su acompañante se había referido como Didi miraba indiferentemente el paisaje por el que pasaban. En todas direcciones se extendía la misma extensión invariable de tierras de labranza, salpicada aquí y allá con grupos de árboles y las cabañas de barro de las aldeas. Era un panorama típico del inmenso y monótono valle del Ganges. El coche seguía su camino, levantando una nube de polvo tras de sí; con el sol brillando en lo alto del cielo, el paisaje carecía de sombras y estaba casi desprovisto de color. «¿No eran hermosos esos árboles?», insistía la señora de la parte de atrás mientras el coche seguía a toda velocidad. «Vamos pues —replicó Didi pacientemente—, demos la vuelta y vayamos a verlos». «Pero ahora ya estamos bastante lejos», respondió la otra mujer con cierta vacilación. «No importa —dijo Didi—. Volvamos atrás; chofer, por favor».
Cuando el coche había rehecho la mayor parte del camino, se salió de la carretera y bajó traqueteando por un sendero entre los campos. Dibujándose contra el vasto horizonte, un campesino se ocupaba a lo lejos de su trabajo. El coche se paró al borde de la aldea. La señora que había observado los árboles salió del coche y se dirigió veloz en dirección a ella. Sin volverse hacia los otros miembros del grupo, les ordenó: «Traed el cesto de fruta y todas las guirnaldas que haya en el coche». Didi hizo lo que se le pedía, llevándolas en sus brazos mientras corría para alcanzarla. Había un estanque junto a una casa grande con un tejado de tejas y paredes de barro suavemente moldeadas. Junto al estanque había dos árboles jóvenes, uno era un baniano y el otro una margosa, que crecían uno al lado del otro.


Los aldeanos empezaban ya a reunirse, curiosos por saber lo que traía a un vehículo tan insólito como un automóvil a sus rústicas viviendas. La mujer de ropas de algodón de deslumbrante blancura ofrecía una sorprendente imagen entre los alrededores de color pardo, las vestimentas pardas de los aldeanos y varios perros de color pardo. Su hermoso cabello, negro como el azabache, se desparramaba sobre sus hombros, y su pálida piel estaba tan débilmente surcada como las delicadas hierbas dibujadas en un muro encalado que se encontraba próximo. Miró a su alrededor con ojos profundamente alertas; una sonrisa apareció en sus labios cuando miró atentamente los dos árboles. A su alrededor, se hizo el silencio entre la multitud reunida de aldeanos, asombrada por la presencia dominante de la visitante. Ella se acercó a los dos árboles y empezó a acariciar sus ramas y troncos con gran afecto. Apretando la frente una y otra vez contra ellos, dijo en tonos suaves pero claramente audibles: «Bien, bien, por eso has traído a este cuerpo aquí a verte». Todo el mundo miraba los árboles con una muda incomprensión, pues no había nada que los distinguiera de los incontables árboles que salpicaban la llanura. La mujer sin embargo parecía mantener a todos en silencio.
«¿Cuál es el nombre de vuestra aldea?», preguntó.
«Bhawanipur», fue la respuesta.
«¿Quién plantó estos dos árboles?»
«Dwarka», manifestó alguien.
«¿Está en casa el propietario de esta tierra?»
«No, pero su esposa está allí.»
El grupo de visitantes, que ahora eran observados con intensa curiosidad por un grupo de chicos, se volvió y vio a la esposa del propietario, que se acercaba. Dirigiéndose a la mujer con un tono y una expresión llenos de amabilidad, la visitante vestida de blanco le dijo: «Cuida bien de estos dos árboles y adóralos. Será en tu beneficio».


Luego cogió las guirnaldas de Didi y adornó los árboles con ellas, repartiendo todas las frutas que había en la cesta entre los desconcertados aldeanos. Sin la más ligera idea de quién era aquella mujer, todos adoptaron una actitud de respeto deferente hacia ella, como si percibieran que estaba en un nivel superior. Sin embargo, pudieron reconocerla al instante como una de ellos, una simple mujer vestida de forma sencilla y acostumbrada a los modos aldeanos. Se movía entre ellos con soltura, pero prestaba una tierna atención a los muchos niños que allí había, mientras, al mismo tiempo, envolvía a todo el mundo en su amable y atenta mirada.


Volvió por donde había venido, seguida de cerca por la muchedumbre; todos sonreían con torpe satisfacción, aunque todavía abrumados por la inexplicable atención conferida a ellos y a una pareja de árboles por un puñado de extraños.
«Margosa y baniano. ¡Han y Hara!», exclamó la señora.
«¡Les das a esos árboles los nombres de los dioses!», dijo Didi asombrada.
Cuando llegaron al coche, dijeron a la muchedumbre que cubrieran el lugar que rodeaba los árboles con una plataforma de barro.
Entonces la señora vestida de blanco les preguntó: «¿Repetís el nombre de Dios? Aunque no podáis hacerlo diariamente, de todos modos, realizad de vez en cuando puja (culto) y cantad kírtana, o cánticos religiosos, bajo las ramas de esos árboles». Luego se volvió a sus compañeros. «¡Qué extraordinario! —observó—. Esos árboles tiraban de este cuerpo hacia ellos como si fueran personas. El coche nos alejaba de ellos, pero era como si se agarraran a los hombros de este cuerpo y lo arrastraran hacia ellos. Nunca me había sucedido antes.»
Cuando los visitantes subieron de nuevo al coche, uno de los aldeanos preguntó tímidamente al conductor quién era la gran señora que se había referido a sí misma como «este cuerpo».
«Anandamayí Ma de Bengala. Recuerda bien esta visita, pues es una persona santa y nunca hace nada que no tenga sentido».

Este incidente, que he reconstruido a partir del diario de Didi (Gurupriya Devi, ayudante principal de Anandamayí durante toda su vida), simboliza la paradójica condición de una figura como Anandamayí en la sociedad india moderna. Es tan inusual que no existe ninguna mujer, ni siquiera un ejemplo que nos sea conocido en el pasado, con quien se la pueda comparar salvo en términos muy vagos. Estamos tan desconcertados como lo estaban los habitantes de Bhawanipur por su carácter excepcional. Un extraño acontecimiento había visitado a las buenas gentes de aquella insignificante aldea de campesinos: una erupción de lo sagrado que debía desconcertarles durante muchos años. Por sus palabras, por su forma de vestir y por sus rasgos, la señora con aires de santidad parecía pertenecer a ninguna parte... o a todas.

Actualmente, llamamos «guru» de forma indiscriminada a una persona con un carisma de esa índole, sin que esté demasiado claro lo que el término designa, aparte, quizá, de alguien que tiene la presuntuosa pretensión de poseer sabiduría espiritual. Relegamos a todos los gurus a una dudosa categoría de cultos exóticos, tal vez peligrosos. Ha habido gurus que han sido seriamente desacreditados pon escándalos recientes y que habitualmente son tratados con un grado de cáustica sospecha. Recordemos a Bhagavan Rajneesh —el de los 87 Rolls Royces— o los diversos líderes religiosos cuyos seguidores han cometido suicidios en masa. Los consideramos personajes siniestros y embusteros que se dejan sobornar por los políticos o seducen a las hijas de nuestros amigos.


Los tradicionalistas señalan que personas como Sri Aurobindo, Knishnamurti, Swami Ramdas y Swami Sivananda, Madre Meera, Sai Baba y Meher Baba no son gurus en absoluto, sino un fenómeno híbrido para el consumo de extranjeros. Ciertamente, media un gran abismo entre los áshrams lujosos que han surgido en décadas recientes y el modesto modelo de la antigua relación guru-shishya, la tutela maestro-discípulo; no obstante, este antiguo sistema sobrevive, por ejemplo, en la enseñanza de la música y la danza clásicas. Durante toda la historia de la India este modelo de instrucción aseguró la transmisión del conocimiento de cada generación a la siguiente. En el caso de Anandamayí (que no tuvo un guru, sino que se inició por sí misma), el modelo tradicional del maestro y el discípulo ha sido revivido, en ciertos aspectos, una vez más, pero en otros aspectos igualmente importantes Anandamayí se separó radicalmente de la tradición. Su papel como una venerada brahmán divina no era de ninguna manera ortodoxo, puesto que esto implicaba una separación de los parámetros tradicionales de la mujer casada; además, durante unos cincuenta años como viuda (y, de este modo, miembro de la categoría más baja de la sociedad india), fue al mismo tiempo una de las maestras espirituales más estimadas. Y asimismo, ella revivió la vieja costumbre del gurukul, un antiguo estilo de educar a niñas y niños en sus áshrams. Casi hasta el final mismo de su vida no pudo ser considerada como guru en el sentido técnico, pues un guru es alguien que da diksha a los discípulos, es decir, la iniciación por un mantra. Sin embargo, en el sentido más general y metafórico de «maestro espiritual», ella fue ciertamente un guru, uno de los más grandes y respetados de su tiempo. También fue la guru de muchos sádhakas (practicantes espirituales) avanzados. Para ellos fue todo lo que tradicionalmente debía ser el guru: un vehículo perfecto de la gracia divina. Hay un capítulo, en los extractos de los discursos de Anandamayí aquí incluidos, donde ella comenta ampliamente el significado espiritual del guru. El verdadero guru no debe ser considerado nunca por el discípulo como meramente humano, sino como un ser divino a quien él o ella se entrega en total obediencia. El discípulo se coloca en las manos del guru, y el guru no puede hacer nada que esté mal.


Además, desde el punto de vista de los discípulos, el guru es objeto de culto. Obviamente, un compromiso tan serio está protegido por todo tipo de garantías, pues el indio es tan consciente de los peligros inherentes a esa posición de absoluta autoridad como lo pueda ser cualquier forastero escéptico; más incluso, en realidad, pues ha acumulado una gran experiencia sobre la dinámica del vínculo guru-shishya durante los milenios de su existencia. ¿Cómo podría ese halago, esa pretensión de control sobre el destino de otro, no subirse a la cabeza de aquéllos sobre quienes cae ese manto de omnisciencia? Todo se basa en el hecho perfectamente constatado de que hay unos pocos individuos en cualquier momento del tiempo que están tan desprovistos de ego como para no sentir esa tentación. La falta de ego es condición sine qua non del guru.


© 2010 by Richard Lannoy. Extracto del libro -Anandamayí. Su vida, su sabiduría-.

Libros sobre Anandamayi a la venta en nuestra librería:

-Anandamayí. Su vida, su sabiduría, por Richard Lannoy. José J. de Olañeta e Indica Books, 2005.

-Vida y enseñanzas de Sri Ma Anandamayí. El ave alza el vuelo, de Bithika Mukerji. José J. de Olañeta e Indica Books, 2001.

-Death Must Die: Based on the diaries of Atmananda, by Ram Alexander. Indica Books, Varanasi, 3rd. ed., 2006 (en inglés)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 






 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 






 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 






 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 







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