Marco Polo y La Cruzada. Un Orientalismo Subversivo
Antonio García Espada.
Historiador y escritor.
En los años en torno al 1300 aparecen en Europa una serie de textos escritos por emigrantes de regreso de China e India, entre ellos el del famoso Marco Polo. Se trata de los primeros textos en las letras europeas tras más de mil años en proclamar un conocimiento empírico, adquirido personalmente en los confines del mundo medieval. Buena parte de la reflexión historiográfica sobre estas primeras descripciones de las Indias (el espacio situado en la retaguardia de la Dar al-Islam) han girado en torno a si la contribución de tales textos estaba destinada a agrandar el patrimonio europeo de la ciencia moderna o, por el contrario, el de la mitología medieval. Polémica que, de manera recurrente y pendular, tan pronto se ha saldado con la negación de la autenticidad de estos viajes, como con la exaltación del heroísmo de sus protagonistas. Mientras unos estudiosos consideran estas descripciones de las Indias expresiones de una suerte de Orientalismo medieval ampliamente gobernado por la elite clerical, decididamente didáctico, alegórico y en extremo sensible a las maravillas, los prodigios y arquetipos, a la vez que libre de compromisos con la veracidad, la exactitud y el método, otros en cambio, entienden que la apuesta por la dimensión empírica y el uso de la primera persona narrativa en estos textos los convierten en precursores de la etnografía moderna, así como primaverales manifestaciones del Orientalismo saidiano, pues contienen ya el germen de una voluntad de dominio que se articula mediante la conversión del Oriente en un objeto pasivo y carente de perspectiva sobre sí mismo.
Las posturas divergentes respecto a qué tipo de Orientalismo (medieval o moderno) sale a relucir en las “Descripciones de las Indias” de la primera mitad del siglo XIV comparten, sin embargo, una única y básica asunción: la identificación de estos emigrantes con los intereses y presupuestos ideológicos de una u otra forma de cultura dominante. Sin embargo, es precisamente el alto grado de resistencia a buena parte de las ideas preconcebidas sobre el Oriente entre las elites culturales, religiosas o políticas del Bajo Medievo la cualidad que da unidad a las descripciones de las Indias escritas por Marco Polo, Juan de Montecorvino, Jordano Catalán, Odorico de Pordenone y Juan de Marignolli y las distingue claramente de cualquier otro ejercicio literario anterior o contemporáneo. Que dicho aspecto haya pasado desapercibido a los ojos de buena parte de la crítica es en parte debido a que el tono narrativo adoptado por estos viajeros es explícitamente complaciente con la voz de la autoridad. Pequeños mercaderes y bajo clero, alguno con trazas de exiliado, alguno incluso de renegado, y en su mayoría con un exiguo conocimiento de las letras latinas, los autores de “Descripciones de las Indias” no estaban en condiciones de desafiar abiertamente el prestigioso legado de la tradición latina, sancionado por siglos de ininterrumpida continuidad. Sin embargo, más allá de la aparente aquiescencia, los Marco Polo, Jordano Catalán, Odorico de Pordenone y demás hicieron uso de un lenguaje sencillo y directo con el que se las apañaron para defender la validez e incluso la excelencia de las diferentes opciones vitales de las sociedades descritas.
Evidentemente las “Descripciones de las Indias” del siglo XIV no pueden ser independizadas completamente del sentido de realidad vigente en su tiempo, así como de la particular imaginación medieval o de los símbolos empleados por las distintas civilizaciones del Mediterráneo para referirse a las distintas civilizaciones de Asia y el Índico. Algunas de las soluciones narrativas adoptadas por estos textos nos remiten a ámbitos literarios por lo general populares y compuestos en las emergentes lenguas vernáculas, como los roman courtois o los libros de peregrinación a los santos lugares. Con estos últimos, las “Descripciones de las Indias” parecen compartir un mismo principio organizador; se trata del itinerario, pero no del itinerarium como lo concibieron los antiguos romanos, ni siquiera como los contemporáneos portulanos que describían minuciosamente el trayecto de un puerto u otro accidente geomorfológico al siguiente. Se trata más bien de un itinerario que conecta una selección de hitos, de mojones culturales que, a pesar de estar localizados en un lugar concreto, tienen la facultad de estar más allá del espacio y el tiempo. Así como el peregrino sale en busca de la manifestación del reino de los cielos en la tierra, el lugar donde se consumó la profecía, donde los pobladores del cielo decidieron compartir la contingencia humana, los autores de “Descripciones de las Indias” nos remiten continuamente a la montaña más alta de la tierra, el reino donde se encuentran las mayores perlas del mundo, el lugar donde predicó el apóstol Tomás o donde acabaron las conquistas de Alejandro Magno. Esta sucesión linear de absolutos forma una estructura estable de la que cuelgan las descripciones de lo mundano; las efímeras expresiones de la contingencia humana. Fue precisamente la similitud estructural entre los libros de peregrinación a la Tierra Santa y las “Descripciones de las Indias” del siglo XIV lo que permitió al misterioso Sir John de Mandeville componer uno de los libros más leídos y copiados de todo el Medievo y que posiblemente más influencia ha ejercido en cómo, aun en nuestros días, se diseña y ordena mentalmente la experiencia del viaje lúdico (real o literario).
Pero el verdadero manantial del que se nutrieron autores como Marco Polo, Jordano, Odorico y los Juanes proviene de lo que se ha dado en llamar tradiciones orales, esto es, lo que fueron oyendo a lo largo de sus muchos años viajando. La interacción de cada autor con tan etéreas fuentes de información varió considerablemente dependiendo del porte de cada uno, así como de los compañeros que el destino hubiera puesto a su lado. De ellos se habla muy poco en los textos mismos, pero cabe suponer que la mayor parte de los marineros, mercaderes, trujamanes, siervos, concubinas, o simples amigos de estos emigrantes latinos fueran árabes, turcos, persas, mongoles, indios, chinos, etc. Juan de Marignolli, por ejemplo, fue acompañado por un moro andaluz en su ascenso al monte Samantakota de Sri Lanka. Allí el franciscano florentino quedó fascinado por la austeridad, el decoro y la solemnidad de los monjes budistas de la tradición theravada. Sin embargo, fray Juan fue completamente persuadido por sus anfitriones musulmanes de que se trataba de discípulos directos de Adán y, por tanto, entre éstos se sintió “como uno de los suyos”. En cambio Marco Polo, que viajó en compañía de mongoles y chinos, no tuvo problema en identificar correctamente los signos exteriores de la práctica budista ceilanesa. No obstante, el veneciano también se las apañó para dar salida a su admiración por Buda del que dijo que, a pesar de ser el primero en instaurar el culto idólatra en Oriente, fue “un gran santo junto a Nuestro Señor Jesucristo” y lo rebautizó como “San Sagamoni”.
Este es el tono que predomina en las “Descripciones de las Indias”. Sus autores reprodujeron un universo alternativo, pero tan real y significativo como el propio, sino más. De hecho, durante sus primeros siglos de recepción, la lectura de textos como los de Marco Polo u Odorico de Pordenone alimentó posturas rebeldes y subversivas que fueron consideradas heréticas y duramente reprimidas por la autoridad eclesiástica; circunstancia de lo más paradójica teniendo en cuenta que la existencia de estas primeras descripciones de las Indias está estrechamente ligada a la agresiva política expansionista de las Cruzadas.
La relación de las “Descripciones de las Indias” de la primera mitad del siglo XIV con los planes concebidos por el papa de Roma y el rey de Francia para recuperar la Tierra Santa, totalmente perdida ante el sultán de El Cairo en 1291, constituyen el aspecto central y el más novedoso de la tesis que ahora ve la luz bajo el titulo “Marco Polo y la Cruzada”. La llegada primero de los mongoles y luego de los mamelucos al Mediterráneo oriental, así como la creciente presión demográfica en Europa, el agotamiento de tierras fértiles y materias primas, así como el amplio predominio alcanzado por los musulmanes en el ámbito técnico, científico y filosófico acabaron poniendo en aprietos la autoridad y capacidad de dominio de algunas de las principales instancias de poder europeas. La derrota total ante los egipcios en la que había vendió siendo la empresa colectiva más visible y celebrada de la Cristiandad latina, la constitución del Reino Latino de Jerusalén, puso en evidencia la necesidad de todo un cambio epistemológico. Una nueva manera de aprehender la realidad que alcanzó su máxima expresión en lo referente a la planificación de la que habría de ser la última y definitiva Cruzada, la de la Recuperación.
En el plano discursivo, la Cruzada había venido siendo considerada a lo largo de sus dos primeros siglos de existencia como una ordalía en la que no importaba tanto el resultado de la contienda como la condición moral del guerrero. Era precisamente el grado de determinación y confianza con la que el peregrino armado se entregaba a la lucha lo que inclinaba en un sentido u otro el favor de la intervención divina. Tanto la victoria como la derrota eran merecidas pues no eran sino el reflejo bien de la excelencia del guerrero bien de sus pecados y su necesidad de penitencia.
A partir de 1291 y a lo largo de las cuatro primeras décadas del siglo XIV, las elucubraciones en torno a la Cruzada, si bien mantuvieron su adscripción nominal al tono escatológico de la lucha por la Tierra Prometida, comenzaron a priorizar cuestiones de método, de táctica y estrategia. No se trataba tanto de luchar como de vencer y a tal fin se prestó gran atención a los preparativos, se fijaron plazos de ejecución y nuevas estrategias de financiación. Desde esta óptica, tanto el comercio mediterráneo como el conocimiento exacto de la condición de las tierras y los mares en la retaguardia de los musulmanes pasaron a ocupar un lugar central en los tratados ordenados por reyes y papas para orquestar la recuperación de la Tierra Santa. Estos tratados fueron escritos por todo tipo de personajes, provenientes de todos los rincones de Europa y de algunos de sus sectores sociales más vanguardistas, como los famosos Ramon Llull, Pierre Dubois, Marino Sanudo, Guillermo de Nogaret, Ayton de Armenia o los maestres de las Órdenes del Temple y el Hospital. Es aquí, en estos tratados, donde encontramos una de las primeras y más nítidas manifestaciones del Orientalismo moderno, cuyo origen el mismo Edward Said emplazó en este contexto; concretamente en la aceptación por parte del Concilio de Vienne de las propuestas llullianas para organizar la Cruzada de Recuperación.
A pesar de su antigüedad y la enorme influencia que ha ejercido en la imaginación de la humanidad, la distinción entre Oriente-Occidente carece de contenido e incluso de proyección espacial, pues su verdadera razón de ser no radica sino en la necesidad de dar cuerpo a un principio de identidad construido en torno a una virtualidad, la del “Nosotros”, con respecto a otra virtualidad equivalente: la del “Ellos”. Si bien los antiguos griegos y romanos hicieron uso de tales principios ideológicos, las primeras manifestaciones tangibles del advenimiento de la Modernidad en la Europa del siglo XIII contribuyeron considerablemente a la solidificación de estas dos virtualidades.
El éxito de la Modernidad, en tanto modalidad de pensamiento de la que se han servido los europeos para optimizar la explotación de su entorno físico y humano, dependió en buena medida de la capacidad mental de fragmentar la realidad en unidades si no idénticas al menos equivalentes y si no indivisibles por lo menos con un alto grado de autonomía. En la Europa de los años en torno al 1300 aparecieron por primera vez y conocieron un desarrollo excepcional el uso de los relojes mecánicos, las cartas de marear, los libros de contabilidad, el algebra, la notación musical, la experimentación quirúrgica sobre cadáveres, etc. En estos años los latinos comienzan a familiarizarse con ideas como la hora, la nota musical, el cero y los decimales, con la concepción del cuerpo humano como un agregado de órganos interconectados pero nítidamente separados y con diferentes funciones, así como a entender las sociedades humanas como conglomerados de individuos (en tanto unidades autónomas y equivalentes). Todas estas y otras tantas expresiones del paso de una aprehensión holística de la realidad a otra más sensible a lo particular y sujeta a la verificación inmediata por parte de los sentidos sensoriales proviene claramente de la necesidad de operar de manera efectiva sobre la materia. Parece que fue así como el hombre del Bajo Medievo decidió conjurar la presión experimentada en la Europa de los últimos años del siglo XIII y primeros del XIV tanto en lo ecológico, como en lo económico, político, cultural y espiritual.
Sin embargo la división que, con efectos prácticos, fue proyectada sobre determinados aspectos de la realidad hacía igualmente necesario el establecimiento de nuevos vínculos con los que conectar lo fragmentado. Nuevos órdenes, nuevas jerarquías, nuevas maneras de concatenar causas y efectos son aplicados a la expresión artística, plástica, musical y literaria, así como en el terreno de la ciencia, la medicina, la geografía, la teoría política, económica, militar y religiosa.
Una de las corrientes historiográficas más interesantes de la era postcolonial ha sido la dedicada a estudiar el trasvase de códigos originados en un contexto determinado pero implantados en otros distintos cuyas reglas son ligeramente subvertidas con el fin de ampliar su capacidad interpretativa de la realidad. Este trasiego de ideas desgranadas y vueltas a reunir con el fin de satisfacer nuevas necesidades fue especialmente intenso durante la segunda mitad del siglo XIII e hicieron posible la aparición de nuevas y duraderas concepciones del derecho, el tesoro publico, la patria y otras “comunidades imaginadas”. Los numerosos tratados que tras 1291 fueron elaborados con el fin de recuperar la Tierra Santa y los pocos textos que en el mismo intervalo temporal fueron destinados a describir las Indias están directamente relacionados con la enunciación de dichas comunidades imaginadas, aunque desde posturas y con resultados bien diferentes.
La relación personal de Marco Polo, Odorico, Jordano y los Juanes con algunos de los agentes más directamente involucrados en la Cruzada de Recuperación, así como la edición y distribución de las primeras descripciones de las Indias conjuntamente con estos tratados militares tiene la facultad de mostrar como en los albores de la Modernidad, la expansión europea y el Orientalismo saidiano las mismas estructuras de pensamiento, los mismos marcos conceptuales, pudieron dar lugar a comportamientos opuestos. Pero estas fuerzas antagónicas no solo compartieron orígenes, ambas desempeñaron un papel equivalente en el desarrollo de algunas de las categorías básicas de la Europa expansionista de los siguientes siglos. La importancia de las “Descripciones de las Indias” en la creación del moderno género literario de viajes y su supuesta actitud imperialista es inseparable de su contribución a la igualmente prolífica y duradera tradición de introspección y ruptura con el legado de la tradición propia.
La huella que textos como el de Marco Polo ha dejado de antiguos contactos con pueblos lejanos y de sinceros esfuerzos por ensanchar los propios horizontes mentales a través de dicha experiencia vital, ha llegado a nuestros días gracias en parte a la determinación de ciertos grupos de poder de afrontar una situación crítica en Europa de manera agresiva y expansiva. Pero paradójicamente, esta primaveral literatura de viajes pudo haber proporcionado a sus audiencias europeas soluciones inesperadas, una postura más critica con respecto a la autoridad, así como una mayor apertura hacia el mundo exterior y la experiencia del viaje. Se trata de un legado menos evidente, más silencioso, pues en vez de contribuir al fortalecimiento de las distintas formas de poder amenaza directamente sus fundaciones y por tanto no siempre ha encontrado hueco en los archivos, claustros y universidades que a lo largo de los siglos se han encargado de dar profundidad histórica a los estados y sus instituciones. Sin embargo, esta manifestación subalterna de la Modernidad fue la que dio mayor visibilidad a fuerzas desestabilizadoras al interno de la sociedad europea y amplió enormemente los resquicios por los que otras sociedades acabaron introduciendo algunas de las categorías básicas en la constitución del mundo actual y que el discurso académico sigue atribuyendo a la iniciativa exclusiva de las instituciones occidentales. La consideración exclusiva de la voluntad de dominio, de la fuerza de las armas, del peso de las instituciones políticas y económicas o de la iniciativa de las elites culturales y religiosas como primera causa del mundo tal como lo conocemos hoy es de alguna manera producto de ese mismo proceso de fragmentación mental de la realidad del que el historiador debería liberarse, si es cierto que es capaz de extraer lecciones valiosas del estudio del pasado y alumbrar nuevas y creativas formas de interacción con el mundo tal como es hoy.
©2009 by Antonio García Espada.
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