El Sari Rojo
Javier Moro.
Escritor.
Estaba en la India cuando mataron a Rajiv Gandhi, en 1991, en un atentado terrorista. Era un hombre carismático, amable y decente. Quizás por eso nunca llegó a ser un gran político, a pesar de su apellido. Demasiado honrado, carecía de la dureza y de la animalidad necesarias para bucear en las turbias aguas de la política india. Encarnaba una nueva generación, más joven, mas occidentalizada, mas inclinada hacia la tecnología. Si hoy en día la India es una potencia en informática, es gracias a Rajiv que vio venir la revolución digital. Su muerte me conmovió porque seguía con atención la vida de ‘la familia’ como la conocen los indios –tan conocida que es inútil precisar de cual se trata- desde hacía años, desde que me enamoré de ese país. Era imposible no hacerlo porque los Gandhi-Nehru han gobernado la India durante gran parte de su existencia como nación independiente. Ahora, un nuevo drama venía a golpear el trágico destino de una familia que parecía tan maldita como los Kennedy en Estados Unidos.
El símbolo de ese drama se vio en televisión el día de la cremación de Rajiv. Su viuda Sonia Gandhi, envuelta en un sari blanco, impasible, se mantuvo de pie, como una estatua de piedra, ajena a los gritos de la muchedumbre que deliraba, mientras el fuego consumía el cadáver de su esposo. Era la imagen viva del dolor contenido.
Siempre me había interesado el personaje de esa italiana de clase media convertida en una mujer india. Sentía curiosidad por los detalles de semejante transformación desde que su historia saltó a la luz pública, allá en los años sesenta, por haberse enamorado de Rajiv Gandhi mientras ambos eran estudiantes en Cambridge. Era una chica guapísima, hija de un pequeño constructor de un pueblo a las afueras de Turín, que vino a un país extraño y lejano a casarse con su príncipe, el hijo de la Primera Ministra Indira Gandhi. Como en un cuento de hadas vivieron años de felicidad, tuvieron dos hijos, hasta que el príncipe fue obligado, en circunstancias dolorosas, a asumir las riendas del reino y a descubrir la dura realidad de gobernar un mundo tan turbulento, que culminó con la tragedia de su asesinato.
La italiana se retiró entonces de la vida pública y pareció que la historia terminaba allí. Durante siete años, rechazó todos los ofrecimientos que los jerifaltes del Partido del Congreso le hicieron en una bandeja de plata para que asumiese el manto de la dinastía, incluida la presidencia de la organización, pero ella dejó bien claro que la política no era lo suyo porque se había llevado por delante a quien más quería en el mundo.
Pero siete años después, su vida dio un vuelco inesperado. Ante la desintegración del Partido del Congreso, Sonia decidió saltar al ruedo. Fue objeto de escarnio y muy pocos apostaron por su futuro político. Pero la vida puede ser más increíble que la más increíble de las ficciones, y en un desenlace sorprendente, en 2004, la tímida italiana arrasó en las elecciones generales. El escándalo sacudió el subcontinente. Imagínense que un indio de nacimiento ganase las elecciones en España o en Italia, por ejemplo, pudiendo por lo tanto ser primer ministro. La campaña de calumnias y desprestigio a la que fue sometida Sonia a causa de ‘sus orígenes extranjeros’ desprendía un odio que daba miedo. ¿Ella, una italiana oriunda de un pueblecito del Veneto, a la cabeza de un país de mil doscientos millones de personas? Pero era cierto: podía ser primera ministra de la mayor democracia del mundo. De la tragedia que le había arrebatado a su marido había surgido una heredera. La India había perdido a Rajiv, pero no estaba huérfana.
Otro giro al final de esta historia extraordinaria: Sonia rechazó el puesto de primera ministra, ante el asombro y el desconcierto de sus seguidores. Y, paradójicamente, al rechazar el poder, se hizo aún más poderosa. Nombró a un primer ministro, y se mantuvo en un segundo plano como presidenta del partido, garante de los valores por los que luchó su marido. Entonces, como en un pentimento, esos trazos que surgen en un lienzo cuando la antigua pintura al óleo, al correr del tiempo, se desgasta, su vida mostró un significado escondido hasta entonces, que ella misma resume así: ‘cómo la experiencia de la pérdida puede aportar un sentido más profundo a la existencia’.
He seguido su recorrido desde la plácida existencia de una vida familiar estable al centro frenético de la actividad política, un viaje fascinante, incierto y peligroso. Para entenderlo, hay que remontarse a la historia de su familia política. A los tiempos cuando Nehru, encarcelado por los británicos, decidió regalar a su hija Indira el sari de su boda (se casó con Firoz Gandhi, sin parentesco alguno con el Mahatma). Lo hiló el mismo, en una rueca, en su celda. Era un sari rojo, que luego Sonia llevaría el día de su propia boda, sin sospechar que al hacerlo entraba a formar parte de la historia de la India.
El tema era además especialmente interesante porque contar la vida de los Nehru era también contar la India moderna: mil doscientos millones de habitantes, seiscientas mil aldeas, 847 dialectos hablados y 17 lenguas oficiales… un mosaico de razas, de pueblos, de castas, de creencias como no existe en otro lugar de la tierra. Más de quinientos partidos políticos, miles de candidatos. En eso consistió el reto, en entrelazar la aventura de una mujer que se funde con un país, la historia de la saga dinástica más asombrosa de nuestro tiempo y la epopeya de una nación que lucha por abrazar la modernidad. Es lo que me propuse hacer en El sari rojo.
©2008 Javier Moro
El sari rojo (Seix Barral, 2008), y otros libros de Javier Moro a la venta en indicalibros.com |
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