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29/07/2010  Visitante Bienvenido Asia Libros, Conde Duque, 18 Madrid  
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 Artículo

Música y espiritualidad

Fernando Díez.

Escritor y músico.

Lo primero que hay que tener claro, al hablar de música, es que no existe en sí misma, la crea nuestro intelecto, aunque no de la nada, por supuesto, sino de las ondas acústicas que llegan el tímpano, como la luz crea las formas a partir de los fotones, descubiertos por Einstein, que impactan en la retina. La música no llega desde fuera, nace en el interior, de fuera solo llegan ondas acústicas. Nuestro cerebro capta esos estímulos y los decodifica, de acuerdo con sus leyes, como sonido en la mente, de igual manera que un aparato de televisión reconvierte en imágenes las frecuencias que recibe. Al televisor no han llegado imágenes, sino ondas. El intelecto aplica sus formas innatas y universales sobre el sonido y lo clasifica como ruido o música, depende de que el sonido respete las leyes de la armonía musical o no. Estas leyes son fijas y universales y, por mucho que nos empeñemos, no conseguiremos que el ruido nos agrade o que una música no nos afecte aunque sea mínimamente.

Por todos los sentidos nos pueden llegar percepciones agradables o desagradables. Y por el sonido nos llegan probablemente las más sublimes y las más dolorosas, un ruido chirriante nos puede hacer más daño que cualquier otra impresión sensorial, excepto tal vez el tacto (calor), y una composición musical nos puede empujar al éxtasis. Cualquier sentido lo podemos retirar de su objeto, puedo cerrar los ojos, apartar una mano del fuego, taparme las narices. Pero defenderse de un sonido es imposible, llega como vibración y nos penetra por todas partes.

Todas las artes nos despiertan reminiscencias de lo sublime y universal. Eso es el arte con mayúscula, la búsqueda de lo universal en lo particular. El arte con minúscula sería aquel que transmite sentimientos personales subjetivos. Muchos opinaran que el arte solo puede ser eso, subjetivo, y probablemente tengan razón en el sentido de que la inmensa mayoría de obras de arte lo son. Pero se olvidan de que hay piezas musicales, pocas, más en la música india porque así está concebida, que despiertan en el alma los más sublimes sentimientos de un carácter universal. Sentimientos que nos elevan por encima de lo personal y contingente.

El arte musical tiene algo muy especial que no tienen las demás artes, y yo creo que es su inmediatez. Cualquier otro arte está mediatizado por la interpretación intelectual. Sin embargo, la música produce una experiencia inmediata porque nos llega directa al cerebro sin darnos cuenta, tal vez sea porque no la vemos y entonces los filtros culturales y los prejuicios se hacen mínimos.
Otra característica de la música es en cuanto a su lenguaje de expresión y transmisión, por un lado porque sus palabras, las notas, son obviamente universales, y por otro lado porque se pueden transmitir sus leyes y contenidos con un lenguaje matemático, un privilegio único del arte musical.
La música, se podría decir, es una intuición, mientras que los otros artes son conceptuales, y los conceptos son como filtros que mediatizan las impresiones sensoriales. La música se puede tomar fácilmente como un todo, cerrar los ojos y entregarse a ella, pero no una obra literaria o un cuadro, por ejemplo, en cuya contemplación intervienen múltiples perspectivas. La poesía tendría un lugar intermedio, y también puede conmover de una manera especial, aunque tal vez por lo que tiene de musical.

Nuestras emociones, por otro lado, están soportadas en las fluctuaciones cuánticas de las ondas cerebrales, y muchas tienen ya un lugar asignado en el cerebro. En el fondo, los sentimientos son pura vibración, que se contagia, o despierta, al alma por simpatía armónica. La música es también pura vibración, por lo cual casi se puede decir que nos llega ya en lenguaje máquina, en el del cerebro, por eso nos afecta tan profunda y tan rápidamente sin que nos demos cuenta, como puenteando, o saltándose, al ego. No hace falta prestar atención, en un momento dado, al escuchar música por casualidad, nos podemos sentir afectados repentinamente. Las otras artes involucran mucha “burocracia” cerebral e intervienen muchos intermediarios.
Las leyes de ambas vibraciones, las del cerebro y las de las ondas acústicas, tienen que ser las mismas, porque responden, como todo, de las normas de la actividad cuántica, y por eso inter-actúan rápidamente, como dijimos, hablan el mismo lenguaje.
Nosotros nacemos, probablemente, con todas las sensaciones y sentimientos posibles, un número determinado, establecidos en correlato con algún sector neuronal, cuando las vibraciones musicales, como cualquier otro suceso de la vida, activan esa parte del cerebro, el estímulo despierta al mismo tiempo las sensaciones correspondientes. A nada somos indiferentes, toda percepción consciente nos despierta una opinión y una sensación. En sentido inverso, el artista, el músico, partiendo de ese sentimiento interior, y mediante las leyes de la armonía y su técnica, puede inducir en su instrumento el nivel vibratorio correspondiente a ese sentimiento, que despertara un eco en la consciencia de la audiencia activando una emoción similar, pero solo en aquellas personas que ya tengan activado ese sentimiento como consecuencia de la propia experiencia vital. Nacemos con todas las emociones latentes, si, pero para que pasen a ser patrimonio propio hay que despertarlas mediante la experiencia y el conocimiento que esta genera; como las hipótesis científicas, que solo se hacen ciencia al ser verificadas. En el fondo en eso consiste la vida, en activar y verificar nuestro patrimonio innato. Algo parecido a las reminiscencias platónicas. Platón afirma que el conocimiento no se crea, se despierta, o se recuerda del tiempo en que todos habitábamos en el mundo de las ideas puras, hasta que nuestras almas se encarnaron en cuerpos sometidos al deterioro. El gran filósofo K. Popper también opina que nacemos con todos los conocimientos, conocimientos a verificar con la experiencia. Lo mismo ocurre con el conocimiento personal, que no se hace sabiduría hasta que se incorpora a la conducta, hasta entonces es solo mera información.

El último soporte conocido del universo es la vibración, o fluctuación cuántica, en la que se basa la moderna teoría de supercuerdas. Los últimos componentes de la materia-energía son unos minúsculos filamentos, o hilos, o cuerdas, mucho más pequeñas que toda sub-partícula conocida, y en virtud de su tipo de vibración, de origen desconocido y probablemente primigenio, se manifiesta una partícula u otra de las ya conocidas, con sus cargas y masas correspondientes. Por ahí, por esas vibraciones primordiales, nos lleguen tal vez las órdenes y el plan divino de la creación. Porque todos los científicos aceptan que lo microscópico es el origen de lo macroscópico.
Por tanto, si todo es vibración todo es movimiento, y si todo es movimiento todo es sonido, su consecuencia lógica. Todo lo que se mueve hace ruido al rozar con su entorno, lo oigamos o no, ya que el vacío absoluto no existe en nuestro mundo empírico, siempre hay rozamientos. El universo entero tiene entonces que estar entonando una perenne sinfonía que se escapa a nuestros oídos; aunque no a la consciencia mística. Esta sinfonía tal vez sea la de las esferas, de la que ya hablaron Platón y Pitágoras, y que arrebata de tal manera a los místicos como san Juan de la Cruz y otros. En esa vibración se sustenta el gran edificio del mundo. Es decir, el universo nace de la música, el mito de Shiva y Sakti es muy revelador. En el hinduismo, la palabra AUM simboliza la vibración esencial de la que emana el mundo. En la tradición judeo-cristiana lo primero también fue la Palabra, y la Palabra era Dios. La vibración tiene que ser lo más primigenio, y por eso la música es un fenómeno tan singular.
Las leyes que intervienen en las demás artes son muy complejas, muy difíciles de definir, ¿cómo definir o unificar los criterios literarios o pictóricos?, sin embargo, la música tiene una ley muy sencilla, respetar la escala musical. Cualquier agrupamiento de notas que respete las más mínimas normas de la teoría musical, si la fuente es buena, puede producirnos agrado. No hace falta haber ido al conservatorio. En la pintura y en la literatura es diferente; porque la pintura, por ejemplo, además del color – lo único necesario en la música por lo que hay de correspondencia entre notas y colores - necesita de la forma, la textura y la luz, como mínimo. En la literatura mucho más todavía.

La música es el impacto sensorial más inmediato, por eso todo el mundo la ama y la necesita, y gracias a Dios a los músicos. No se concibe una actividad lúdica o religiosa sin música. Se puede vivir sin ningún tipo de arte, pero no sin música, porque es casi un instinto, el de alimentar nuestra esencia mas íntima hecha de la misma vibración.
La vibración es el fondo del mundo, y el fondo más sublime del alma es la música de las esferas, que los hindúes llaman “anahata”, el sonido primigenio que no ha sido pulsado por nadie. Este sonido primordial (energía), guiado por una inteligencia creadora (consciencia) que la haga diversificarse según leyes en diversas vibraciones – lo que estudia la teoría de cuerdas -, de igual forma que la energía una que nace en el BigBang e instantes después se diversifica en las cuatro conocidas, levanta el universo. Tal vez, lógica la hay, el plan de la creación se podría representar en un pentagrama. Por todos los caminos se llega a la Unidad primordial.
Según esta perspectiva, la mecánica musical sería la siguiente:

  • De una fuente, de un instrumento, nacen un conjunto de vibraciones sucesivas.
  • La vibración genera una onda acústica que se desplaza hasta impactar en el tímpano.
  • El tímpano se lo trasmite al cerebro, que lo decodifica en sonido audible.
  • El intelecto lo contrasta con sus leyes y define si es ruido o música.
  • Si es música, y tiene una entidad, es decir, se corresponde por sus vibraciones con aquellas que soportan algún tipo de sentimiento o emoción, lo despiertan.

Por ejemplo, si un músico, mediante su inspiración, transmite un tipo de sentimiento, ya sea romántico, pasional, marcial o místico, esas vibraciones que salen de su instrumento acabarán despertando, por simpatía o por ecos armónicos, las áreas del cerebro de frecuencias similares, y su activación se representará en la mente en forma de emoción.
Si ese conjunto de notas, aunque sean armónicas entre ellas, no tiene ninguna entidad, es decir no se corresponde con ningún sentimiento homologado, nos dejará indiferentes. Y si la tiene nos despertará su correlato mental correspondiente.
Por eso hay músicas que despiertan los sentimientos románticos, como la melódica, o las pasiones, como la discotequera, o los valores y las abstracciones artísticas, como la clásica occidental o la clásica india. Esta última, además, debido a la improvisación, añade una búsqueda de universales de tipo místico, como la serenidad o la devoción.

© 2008 Fernando Díez.
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