Peregrinaje a Kashi
ALVARO ENTERRÍA
Director de la editorial Indica Books, Benares
Benarés es una ciudad extraña donde las haya. El viajero que la visita se ve pronto inundado por masas humanas más densas incluso que en el resto de las ciudades indias. Todo tipo de animales vagan a sus anchas, sin límites entre su mundo y el de los hombres. La suciedad y el desorden son omnipresentes, incomprensibles para el ordenado y aséptico occidental —y también para muchos indios—, en las estrechísimas callejuelas que como un laberinto, entretejen toda la parte antigua de la ciudad. Benarés es una ciudad medieval, sucia, bulliciosa y desconcertante, donde todos los extremos se cotejan sin pudor ninguno. El samsara, el devenir, en su más desnuda expresión.
Cuando logramos por fin salir del enjambre humano y llegar al río, el panorama cambia completamente. El Ganges, la Madre Gangá que se arrima a Benarés a lo largo de toda su extensión, parece emitir una extraña paz. Peregrinos venidos de todos los rincones de la India hacen sus abluciones y oraciones con una devoción y un fervor que parecen haber desaparecido hace tiempo de Occidente. Especialmente al amanecer, la visión de Benarés desde el río es fascinante e inolvidable. Si tenemos tiempo y sensibilidad para poder sumergirnos un poco en esta atmósfera, quizá podamos tener una intuición de lo que hablan las escrituras, una pequeña vislumbre de moksha, nirvana: la eternidad, la liberación del tiempo y el devenir, la reabsorción en la Divinidad que todo lo penetra.
Porque esta ciudad abigarrada y paradójica es, nos dicen, Kashi, la ciudad más sagrada de la India, que ha jugado un inmenso papel en la historia y desarrollo de la civilización india, su capital religiosa y cultural, una ciudad sólo comparable en importancia a Roma, Jerusalén o La Meca. Benarés, como estas otras ciudades, simboliza y encarna toda una civilización, la cultura y aspiraciones de un pueblo. Desde los orígenes de la historia conocida, el nombre de Kashi hace vibrar el alma hindú.
El Kashi Kanda (una parte del Skanda Purana) la ensalza como el lugar más auspicioso y sagrado del universo. Kashi: «la que brilla», «la luminosa». «Porque esa luz, que es el inexpresable Shiva, brilla aquí, que sea su nombre Kashi». Kashi es el único lugar antes y después de la creación, el punto en el que comienza y termina ésta. Kashi no es de este mundo. Está en el mundo, pero no está limitada por él. Está en el centro del universo, pero no forma parte de él. Es el lugar de descanso de las cenizas del universo entero al final del ciclo, cuando éste se reabsorbe en Dios inmanifestado. En los tres primeros yugas (fases de un ciclo cósmico) Kashi era una ciudad de luz. En el Kaliyuga, época de decadencia espiritual en que nos encontramos, sólo se ve una ciudad terrena, pero los que tienen una visión pura pueden ver la Kashi real, la Kashi espiritual. Cuando el gran santo bengalí Ramakrishna, que tanta influencia tuvo sobre el renacer de la cultura hindú de principios de este siglo, vino en peregrinación a Benarés en el año 1868, al acercarse a la ciudad en barco tuvo la visión de Kashi como una ciudad de luz dorada radiante de vibración espiritual, tal como cuentan las escrituras. La Benarés real es la espiritual, la ciudad exterior sólo es su sombra.
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En todas las épocas y países ha habido lugares singulares, con una “textura” diferente de los demás, a los que los hombres acudían para sentirse más próximos de lo sagrado. La India, desde los principios de su civilización, está entretejida por una red de lugares de peregrinación llamados tirthas (literalmente: vados). Estos innumerables lugares de peregrinación han relacionado desde la antigüedad más lejana a los distintos pueblos de la India, ayudando a crear una unidad de civilización en un continente que casi nunca tuvo unidad política, así como en la Edad Media las peregrinaciones a Santiago, Roma y otros lugares afianzaron el sentimiento de unidad de «la Cristiandad». Antiguamente a pie, y hoy en día generalmente en tren y autobús —lo que ha multiplicado enormemente el número de personas— los peregrinos y los sanyasis (monjes renunciantes) surcan las carreteras de la India para dirigirse a uno u otro de los tirthas. Entre todos estos lugares de peregrinación destacan siete ciudades santas: Ayodhya, Mathura, Hardwar, Kashi, Ujjain, Dwarka y Kanchi. Y entre estas ciudades santas, Kashi, Benarés, Varanasi ha sobresalido siempre con luz propia. En Kashi están presentes no sólo todos los dioses, sino también todos los otros tirthas: Kashi es un microcosmos que concentra todo el universo en un círculo simbólico, un mandala.
El peregrino que dirige sus pasos a un lugar sagrado está manifestando exteriormente un movimiento interior. Tras grandes dificultades y privaciones, logra por fin llegar a su destino, así como interiormente el hombre, tras un largo camino, llega a reposar en el centro de su alma (atman). Kashi, como otros lugares lo han hecho en otras civilizaciones, simboliza visiblemente este centro invisible del universo y el hombre, un punto sin espacio y un momento sin tiempo que está en el corazón del universo y lo dirige desde dentro sin formar parte de él.
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Benarés está construida en forma de media luna sobre la orilla izquierda del Ganges, en un lugar donde éste gira repentinamente hacia el norte. La orilla derecha, más baja, ocupada por un arenal al que cubren las aguas durante las crecidas de los meses del monzón (de julio a septiembre), es considerada impura y se mantiene vacía, lo que permite que la vista se pierda en el infinito y que el sol salga sin obstrucción justo enfrente de la ciudad. Vuelta toda ella hacia el sol naciente y la Madre Gangá, la diosa con cuerpo de río que lava las faltas de los hombres, Kashi simboliza la aspiración del hombre a la transcendencia, la luz interior del espíritu, moksha. El que muere en Kashi, la ciudad de Shiva, recibe de éste el conocimiento que le convierte a su vez en Shiva, la Conciencia Absoluta. Por esta convicción, la muerte en Kashi es un privilegio. A cualquier hora del día y de la noche, los crematorios de Benarés funcionan sin tregua. El smashana, el campo de cremaciones, lugar sumamente impuro y apartado en cualquier otra localidad de la India, es aquí un sitio puro, situado a orillas del río a la vista de todo el mundo. La muerte está muy presente en Benarés, totalmente integrada en la vida cotidiana. En cualquier momento se puede ver un grupo de porteadores llevando sobre unas angarillas a un cadáver cubierto con una tela, mientras repiten una y otra vez: «Ram nam satya he»: el nombre de Dios es la verdad. Llegados al crematorio, y tras dar un último baño al muerto en el Ganges, lo colocarán sobre una pira de madera que encenderá el hijo mayor del fallecido, mientras los familiares varones contemplarán como el cuerpo material se descompone al separarse los cinco elementos de los que está formado. Del buen desarrollo de la cremación se ocupan los doms, miembros de una casta muy baja por su contacto cotidiano con los muertos, pero que en Benarés gozan de una buena posición económica.
Todo a lo largo de la orilla de Madre Gangá, el río que vivifica y da su razón de ser a la ciudad, grandes escalones de piedra (ghats) permiten el acceso al río. En estos ghats vemos desarrollarse a lo largo del día la vida como ha sido en la India desde hace milenios. Al amanecer contemplaremos a muchos devotos, entre los que se encuentran muchos peregrinos llegados de los pueblos más remotos, tomar el baño que les limpiará de sus pecados y realizar las ceremonias de adoración (puja). A su lado, sentados a cubierto del sol bajo unas sombrillas, los pandas, sacerdotes de bajo estatus, realizan para ellos unos breves rituales y les guardan la ropa por unas pocas monedas. En algunos ghats, los lavanderos sacuden fuertemente las prendas que lavan contra unas losas de piedra, y tienden después los saris multicolores sobre los escalones. En otros ghats se agolpan rebaños de búfalos, que al atardecer se sumergirán en el río con gran expresión de placer, dejando asomar tan sólo los orificios de su nariz. Los barqueros pescan o conversan animadamente mientras esperan a algún cliente, al lado de unos niños que corren descalzos o juegan al cricket, mientras un barbero afeita a su cliente, ambos sentados en cuclillas. Grupos de turistas con extraños atuendos pasan haciendo fotos a diestra y siniestra, acosados a menudo por los lugareños que les ofrecen todo tipo de artículos y servicios. Aquí y allá unos sadhus (renunciantes), vestidos con hábitos naranjas y con la cabeza afeitada o largas barbas y melenas enmarañadas recogidas en un moño, pasean tranquilamente o meditan al borde del río. Viendo Benarés, dijo el viajero Samuel Johnson en el siglo XVIII, uno puede ver todo lo que la India entera puede enseñar.
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Tradicionalmente, la enseñanza, desde el aprendizaje de las primeras letras hasta el más profundo conocimiento espiritual, se realizaba en la India en pequeñas comunidades conocidas como ashrams formadas por un grupo de estudiantes reunido alrededor de un guru (maestro). Kashi empezó siendo un lugar donde se emplazaron varios ashrams en los que distintos maestros impartían sus conocimientos. Situada en un lugar idílico, al margen del sagrado río Gangá (Ganges), rodeada de bosques y estanques naturales, es conocida también entonces como «anandavana» (bosque de la felicidad). Desde muy pronto se convirtió en un lugar destacado de enseñanza y peregrinación. No es casualidad que Buda, «el Despierto», diera su primer discurso —lo que los budistas celebran como el momento en que se puso en movimiento la rueda del dharma— en Sarnath, en las afueras de la ciudad, probablemente ya por entonces un centro religioso y comercial importante. En el siglo V, el peregrino budista chino FaHien la menciona como un gran centro de saber y enseñanza donde hindúes, budistas y jainistas convivían en armonía. Grandes maestros, entre los que destacan Shankaracharya y Ramanuja, dirigieron allí sus pasos para exponer su interpretación de las escrituras. Los grandes filósofos y santos se sentían de alguna manera obligados a pasar por la ciudad para discutir sus doctrinas y convicciones. La mayoría de los grandes personajes espirituales, culturales e incluso políticos que ha dado la India han estado asociados en mayor o menor grado con Benarés. La ciudad se convirtió así en un gran polo de atracción para santos, filósofos, eruditos y estudiantes. Incluso en las peores épocas de persecuciones y destrucción de templos por fanáticos reyes musulmanes, la enseñanza continuaba en las casas. El carácter sumamente descentralizado del saber hindú aseguró su supervivencia. Benarés era el lugar por excelencia para cualquier estudiante que quisiera aprender las escrituras y los conocimientos tradicionales. Como consecuencia, los brahamanes, casta dedicada tradicionalmente al saber y la enseñanza, constituyen aún hoy en día un porcentaje mucho más elevado de la población que en el resto de la India. Benarés es una ciudad cosmopolita formada por gentes venidas de todos los rincones de la India que se agrupan en distintos barrios según su lugar de procedencia. En una religión sin iglesia ni dogmas como es el hinduismo, la opinión de los pándits (Brahmanes estudiosos de las escrituras) de Benarés sobre cualquier tema controvertido sigue teniendo todavía hoy un gran peso, y Varanasi sigue siendo un centro importante para la enseñanza del sánscrito, la filosofía y la música.
Claro que no sólo los eruditos y santos venían y vienen a Benarés, muy al contrario. Eso lo reflejan las escrituras cuando dicen: «Para los que ignoran el Veda y las sagradas tradiciones, los que están desprovistos de pureza y buena conducta, para aquellos que no tienen ningún otro lugar en el mundo, Varanasi es su refugio». Desde antiguo se mencionan los bandidos, las cortesanas y los sacerdotes que abusaban de la credulidad de la gente. En una ciudad que vive en gran parte del flujo continuo de peregrinos, la explotación, el engaño y el saqueo de éstos tienen una larga tradición. En los tiempos actuales, esta situación no ha cambiado mucho, salvo que los numerosos turistas occidentales ofrecen un nuevo y amplio campo de comercio y saqueo para los desempleados y pícaros que abundan en la ciudad.
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Hoy en día, cuando el inglés reemplaza al sánscrito como lengua de enseñanza, y los jóvenes prefieren estudiar informática mucho antes que filosofía, los pándits escasean y proliferan los hoteles. Pero Benarés sigue teniendo un lugar importante en la vida cultural y religiosa de la India. Tiene tres universidades y muchas instituciones, y cuenta entre su población grandes músicos, escritores, intelectuales y eruditos. El flujo de peregrinos es incesante, y todas las órdenes de monjes (sanyasis) están representadas en la ciudad, donde siguen transmitiendo sus enseñanzas de maestro a discípulo. Ciudad de luz y oscuridad, virtud y corrupción, paz y violencia e inmensos contrastes, parece sacar de éstos su energía, una sutil y extraña influencia que todo el que haya vivido un tiempo en ella no puede dejar de sentir.
©Álvaro Enterría
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